Hablemos menos de Freud y más de Lacan

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La primera vez que la vi estaba menéandose sola junto a la barra. No estaba realmente bailando pero tenía ese balanceo de las que quieren que las saquen a bailar. Empezaba a sonar Tú me quemas así que me apuré a acercarme a donde ella estaba y le extendí el brazo en señal de invitación a la pista.

Había ido al antro porque estaba cansado de escuchar música melancólica de un noruego sentimental que decía que prefería bailar que hablar con una chica que había conocido. Por eso me dieron ganas de contacto físico y el club de salsa más famoso de la ciudad no está tan lejos de mi casa, así que me puse una camisa limpia y salí.

Eso es algo que me gusta mucho de los salones de baile, no hay que hacer preámbulo de nada, la gente va a bailar y punto. Por eso ella tomó mi mano sin decir palabra y se puso a bailar conmigo. Como cualquier chica que se atreva a pisar un lugar de salsa, se movía bien. Se terminó la primera canción y pusieron Yo no sé mañana y la inercia fue natural. El DJ terminó la tercia con Plástico y cuando esa terminó le pregunté al oído si quería una cerveza.

Asintió con la cabeza mientras se acomodaba los tirantes de su vestidito rojo por encima de sus hombros angulosos. La clavícula, el cuello y los hombros son las partes que encuentro más sensuales en el cuerpo de una mujer y ésta los tenía muy bonitos. Su cabellera rizadísima también era muy atractiva.

“Me encanta esa última canción”, le dije para romper el hielo y de inmediato contestó: “Me imagino que te refieres al ritmo que es muy afortunado por la colaboración con Willy Colón y aunque muchos también aprecian que hable de los valores del materialismo, la frivolidad y la pobreza espiritual de quienes detentan la riqueza en los países más desarrollados, a mí lo que me parece más atinado es que evidencia la opresión que sufren ambos géneros bajo el totalitarismo capitalista. La del hombre es claramentemente más triste pues toda la responsabilidad del estatus cae sobre él”.

– “¿Ah, entonces no eres feminista?” balbucée no sabiendo qué contestar a semejante letanía.

-“¿Porque soy mujer debería ser feminista? Tengo una perspectiva más amplia que eso”.

En ese momento sentí que me enamoré de ella pero no quise hacer caso a las posibles tretas de Xochiquétzal* y decidí que era mejor llevarla a la pista otra vez a lo cual seguramente no opondría resistencia. Me parecía más fácil seguir bailando con ella que tratar de volver a establecer diálogo sin quedar como un perfecto idiota. I’d rather dance with you than talk with you sentí que me susurró al oído el mismísimo Erlend Øye a pesar que todo en el ambiente era caribeño y nada nórdico.

Aceptó la propuesta sin palabras y bailamos hasta que tuve la camisa pegada al cuerpo por el sudor y la cabellera china de ella parecía estar fuera de control. Así pasamos toda la noche sin volver a hablar, comunicándonos solo con el cuerpo. Cuando terminó Yo no sé mañana supe que era momento de salir de ahí.

En una vuelta la tomé de la cintura, le alcancé su bolso, le puse mi chamarra en los hombros y así la llevé discretamente hasta mi coche. Durante el corto camino a mi casa estuvo callada mientras acariciaba mi entrepierna. La culpa no era de Xochiquétzal, esto era obra de Tlazeltéotl*.  Antes de entrar al edificio cogimos en el coche lo cual fue muy fácil porque el vestidito se levantaba y se bajaba sin complicaciones y subimos al departamento. Ya en la habitación volvimos a coger y después nos quedamos dormidos.

Al día siguiente desperté solo en la cama. Primero pensé que se habría ido pero la encontré en la cocina bebiendo un café que se preparó ella misma y fumando un cigarro mientras su mirada se fugaba por la ventana. Aunque segundos antes había fantaseado  con verla vistiendo solo mi camisa, se había vuelto a poner su vestidito rojo y ahora traía el pelo enredado en un chongo mal hecho. Estaba descalza.

– “¿Solo café y cigarros? Eso no es saludable…” dije con tono socarrón al tiempo que reía falsamente para quitarle seriedad a mi declaración.

-“Somos la generación del café y los cigarros. Lo dijo Jarmusch, no yo”, contestó la salsera intelectual.

Me puse a prepararle unos hotcakes. Era es mi manera de demostrar mi agradecimiento por una noche fabulosa. Además, sentí que quería cuidarla. Como siempre cocino con música quise poner a Peter Starstedt pero sentí que era demasiado cursi y no quería espantarla así que me decidí por Gershwin para ir a la segura.

-“Tu edificio me gusta, tiene mucha onda Bauhaus”, dijo ella mientras entraba a la cocina y al darse cuenta de lo que yo estaba preparando, agregó: “Mi padre me hacía hot cakes todos los domingos por la mañana, ¿qué tendría que decir Freud sobre eso?”.

-“Diría que estás cumpliendo la fantasía de tener una relación incestuosa con una figura como la de tu padre. ¿Crees que me parezco a él en algo además en la elección del desayuno?”, contesté sintiéndome muy ocurrente mientras volteaba los panqueques en el sartén.

-“El complejo de Edipo es mucho más elaborado que eso. Además a Freud siempre se le reduce al tema del incesto. ¿No podría estar hablando yo de un acto fallido?” cuestionó incisivamente.

-“Ese concepto me parece mucho más interesante en Lacan que en Freud”, le contesté seguro de que ahora sí me iba a dar algo de razón mientras le ponía el plato con los panecillos humeantes enfrente.

-“En todo caso me parece un lapsus Jungiano. Odio los hotcakes” dijo mientras empujaba el plato hacia atrás. “Ya me voy, tengo que pasar a mi casa a cambiarme para ir a clase”.

Se veía ya grandecita para estar estudiando una carrera pero igual me atreví a preguntar: “¿Y qué estudias?”

-“Un posgrado en Semiología. Semiótica, pues”, dijo y se quedó buscando en mi rostro la siguiente pregunta. Sentí que sus ojos de lince me atravesaban.

-“Qué bien”, fue lo único que atiné a decir y ella emitió una risa burlona.

-“¿Sí sabes qué es y para qué sirve, no?”

-“Sé que la semiótica es el estudio de los signos”, dije tartamudeando. Era de no creerse lo intimidante que podía resultar esta chica. “¿Para qué te sirve a ti?”. Quizás preguntar era más seguro que seguir tratando de responder.

-“No es que me sirva A MÍ, es una ciencia que resulta muy útil para hacer una propuesta de resignificación de la mujer a través de la comunicación para el cambio social”, contestó como fastidiada. Si ese era su humor después de haber cogido como cogimos la noche anterior, no me la quería imaginar en un periodo de abstinencia sexual.

Estaba confundido. “Pensé que habías dicho que no eras feminista”, pronuncié en voz baja como deseando que no me escuchara por miedo a ser regañado otra vez. Sin embargo, ya me daba igual, solo necesitaba entender algo de ella. Lo que fuera.

La chica inhaló profundamente como buscando paciencia en el aire que entraba en sus pulmones y dijo en tono womensplaining: “Intentar hacer una lectura desde el paradigma crítico de la comunicación sobre la construcción mediática masiva del concepto de la mujer no es feminismo, es semiótica. Te lo voy a poner en términos que quizás te ayuden a entender: esto es Sassure, no Simone de Beauvoir. ¿Alguien me metió en una obra de Beckett y no me avisaron? Esta conversación no va a nada”, dijo levantando la voz mientras metía la cajetilla de cigarros a su bolso.

Me quedé helado. No es que no pudiera entrar en su debate intelectual, era solo que me daba una hueva inmensa tener que estar en una batalla de erudición constante en la que además entendíamos las cosas muy diferente. Aunque  la atracción tiene que ver mucho con lo intelectual, para empezar una relación resulta mucho más placentero lo carnal y también las cursilerías y las boberías. ¡Qué insolencia despreciar mis hotcakes!

Me daban ganas de decirle que todo esto me parecía una escena de O’Neill más que de Beckett y que para mí, la semiótica sirve sobre todo para repensar el mundo en general … y que si supiera un poquito más de la relación que esto tiene con Lacan, hubiera entendido la referencia de mi chiste pues esos panqueques eran solo una intención muy inocente. También que, como dijo Kant, no vemos las cosas como son sino como somos nosotros y que si íbamos a hablar de ciencia prefería hablar de Cousteau y de Zissou, aunque no estaba muy seguro de que me entendiera esto último.

La observé mientras se ponía los zapatos para salir y me di cuenta que aunque su clavícula, sus hombros y su cuello eran suculentos y su cabellera resultaba un marco ideal para ese conjunto, sus demás facciones me recordaban un cuadro de Picasso. Podría estar sufriendo un síndrome de la distorsión de la imagen provocado por lo desagradable de la escena mañanera pero lo poco atractivo que había visto en ella, se pudría frente a mis ojos.

Nuestro breve encuentro había empezado como película de Bigas Luna pero se estaba poniendo muy Almodovariana y no me quería arriesgar a que fuera a resultar un culebrón digno de Medem. Por eso me quedé callado. Preferí que se fuera con la idea de que yo era un completo idiota y no engancharme en su provocación erudita. ¿Qué tal que acababa casándome con ella?

-“Gracias por todo”, dijo sin bajarle ni tantito a su soberbia y salió por la puerta.

A pesar de que en otro momento me hubiera quedado deprimido y con un sentimiento de derrota, me sentí aliviado. Me acerqué al estéreo y volví a poner el disco del noruego. Ese tipo es un cursi pero los escandinavos sí que tienen inteligencia emocional. Puse la mentada canción en modo de repetición para que no se me olvidara nunca que hay chicas con las que es mejor nada más bailar y no hablar y me senté a la mesa a comer mis hotcakes con un poco de jarabe de agave. Me quedaron exquisitos.

 


*diosa del amor en la cultura Mexica

*Tlazeltéotl diosa de la sexualidad en la cultura Mexica

De likes y otros demonios

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Me di cuenta que me gustaba porque así, de la nada, me caché poniéndole un corazoncito a su foto de perfil en Facebook. Se me salió un “me encanta” de los huevos, o sea, no es que le haya picado sin querer, lo puse a totalmente a propósito pero como tres horas después me di cuenta de la pendejada que había hecho. Lo peor era lo que ella iba a pensar cuando lo viera. Cambiarlo ya se iba a ver muy teto, así que lo dejé e hice como que no era para tanto.

Ni siquiera se veía guapa en esa foto con la que me eché de cabeza (conmigo mismo y con ella). Ella no es nada fotogénica, bueno es que ni guapa es, pero esa foto que subió… en esa foto se ve tan vale madre, tan campechanota y feliz que se me salió el maldito corazoncito en lugar de un simple like. Que pasara eso me hizo darme cuenta que no solo me caía bien. Me gustaba pero no entendía por qué.

Después le di “me gusta” en otras cosas que ponía pero ella a mí nunca me likeaba nada, ni siquiera esa foto en la que estoy metiendo un gol y que tuvo más de 70 likes y me veo bien chingón. No podía ser que no la hubiera visto. Su prima, la que nos presentó y tres amigas que estaban en la clase en la que la conocí y que son contactos en común le habían dado like, así que seguro la vio.

Empecé a ponerme pilas con mis publicaciones. Cada vez más gente me daba likes, me volví bien popular en el Facebook pero de ella, nada. ¿Qué se creía la muy culerita?

Un día se me ocurrió arrobarla en Twitter. Me había dado cuenta que también andaba por allá y pues como ahí las cosas funcionan diferente se me hizo que podía estar cagado. Ni me acuerdo qué le puse pero fue como para contestarle algo que ella había twitteado antes. Y es que es bien ocurrente y escribe chido. Quise que supiera que así lo pensaba y que estaba de acuerdo con eso y no fue ni para contestarlo ni para ponerle una reacción. Ahí sí me emputé. Me sentí expuesto, todo mundo vio lo que le escribí y que no me peló. Ni que tuviera tantos seguidores.

Por eso no la seguí en Instagram, aunque encontré que también tiene una cuenta ahí. Sus fotos están bien pinches y ni aunque me guste ella vale la pena ir a seguirla también allá. Yo soy mejor fotógrafo y tengo muchos más followers que ella ahí.

Después se me ocurrió que podía tener Spotify: esa sí fue mi perdición. Ahí me di cuenta que nos gustan las mismas cosas y eso me prendió pero ni de broma iba a darle follow, eso sí ya sería súper stalker. Y es que si le daba follow iba a poder ver lo que escuchaba en tiempo real y eso ya está muy loco, es como meterte a la cabeza del otro.

Ya con ver cómo se la pasaba luciéndose en Facebook con sus publicaciones inteligentes y sus fotos todas francotas que todo mundo le likeaba y que lo mío a ella seguro ni le salía porque nunca había interactuado conmigo (porque todo mundo sabe que si eso pasa el mismo Facebook deja de enseñarte las cosas), tenía bastante.

Ahí fue cuando la bloquée. O sea, no la saqué de mi Facebook pero sí le puse la opción de que no me enseñara sus publicaciones. Si no las veía era como si ella no existiera porque estábamos de vacaciones y ya no la veía en clase. Y es que me enojaba sobre todo ver  que les estaba poniendo “me gusta” a cualquier pendejada de sus amiguitos y a mí nada. Con todos menos conmigo. Cuando tenía tiempo y ánimo entonces me metía a stalkearla un ratito pero así ya el impacto era menos.

Bloquearla fue la solución. Me dio harta paz pero igual ya me gustaba. Podía no estar bonita pero ya me traía loco.

Un día de la nada me llegaron varios “me gusta” de ella, en fotos viejas mías. Se había metido a mi Facebook, había estado viendo mis fotos y había roto la regla del stalker: “nunca reacciones a publicaciones viejas”.  Eso la balconeó: yo le gustaba y en una de esas hasta me extrañaba. A huevo.

Ahí empecé a darle “me gusta” otra vez pero a cosas muy bien escogidas. Ella ya hace lo mismo. Me costó muchos corajes pero ya entendió que es como la ley de la selva, “ojo por ojo”, “un like por un like”.

Ahora otra vez tenemos una clase juntos y se porta más simpática conmigo que antes. Estoy seguro que es por la relación que llevamos en las redes.

¿Quién sabe? En una de esas un día anunciamos por ahí que estamos juntos en una relación. Ponerlo en Facebook es la verdadera prueba de amor. ¿No?

Un grave caso de amor

“En asuntos de amor, los locos son los que tienen más experiencia.

De amor no preguntes nunca a los cuerdos;

los cuerdos aman cuerdamente,

que es como no haber amado nunca”.

(Jacinto Benavente)

Era un consultorio como hay tantos, dentro de un edificio viejo ubicado en una zona céntrica de la ciudad, en donde se agrupaban distintos profesionales de la salud con diferentes especialidades y honorarios pagables. Su principal fuente de iluminación consistía en varios focos largos de luz blanca de neón y en la pared -este consultorio en específico y todos en general- ostentaba más de diez reconocimientos de diversas instituciones.

El paciente hacía un intento por descifrar cuáles habían sido todos los méritos obtenidos y qué instituciones lo otorgaban pero a causa de su tremenda miopía -que ni los anteojos que llevaba puestos ayudaban a corregir del todo- le era imposible. Los diplomas se veían serios y creyó leer que el más grande de todos era de la Universidad Nacional pero no pudo confirmarlo con certeza.

El mobiliario era de mediados del siglo veinte con algunos objetos decorativos de los años noventa. Por todos lados se podía ver parafernalia de golf. Al doctorcito debía irle bien, el golf es un pasatiempo de ricos. Pasatiempo, no deporte, porque nadie que ande en un carrito paseando por praderas perfectamente podadas puede decir que se está ejercitando.

– “¿En qué le puedo ayudar?” preguntó por fin el doctor después de hacer una serie de preguntas de rutina para hacer su historia clínica. 

– “Doctor, me duele la vida” dijo el paciente al tiempo que se arrellanaba en su asiento.

El médico volteó a ver con profundo escepticismo al hombre que estaba sentado del otro lado del escritorio y le respondió:

– “Mire señor, a todos nos duele vivir. Lo que yo necesito es que me describa uno o varios síntomas precisos y si puede asociarlos a una parte del cuerpo, será todavía mejor”.

El hombre puso cara de fastidio y dijo:

– “Yo sé que a todos nos duele vivir. Pero a mí me duele la vida y a la vida no se le puede señalar en una sola parte del cuerpo. Síntomas, esos quizás sí se los pueda decir. Desde que despierto tengo una sola idea. Un solo pensamiento, mejor dicho. Eso puede sonar inofensivo pero cuando es todo el tiempo, todos los días, a todas horas y muchas veces también en los sueños, entonces ya se siente como un pequeño taladro que perfora la cabeza haciendo un caminito que llega dentro, muy dentro…”

El hombre empujó el puente de sus anteojos hacia atrás sobre su nariz y continuó.

– “Se pone peor cuando hay ruido ambiental porque ese ruido no me deja ponerle atención al pensamiento. Dirá que para qué quiero escucharlo pero necesito entender. Y también es una pesadilla estar todo el tiempo haciendo el esfuerzo por alejar esa idea y no encontrar manera de lograrlo. Es como una ventosa múltiple que se adhiere a la mente por todos lados y entonces se siente como que está chupando materia gris y eso duele. ¡Ah! Ahí está. Para ponerlo en términos que Usted me entienda, me duele la cabeza, me duele la cabeza de tanto pensar en lo mismo y no sé cómo hacer que ese pensamiento se vaya”.

Cefalea escribió el galeno con la caligrafía ilegible característica de las más reconocidas eminencias médicas. Después levantó únicamente la vista por encima del armazón de sus anteojos para mirar de nuevo al hombre. Lucía saludable, había brillo en sus ojos y un sano rubor natural en sus mejillas pero sus palabras parecían indicar que estaba enfermo, muy enfermo.

-“¿Algo más?”

-“Bueno, sí. Ahora que lo dice, me cuesta mucho trabajo respirar. Es como tuviera algo aquí ( decía al tiempo señalaba su esternón) que no deja pasar el aire. En general es molesto nada más pero luego hay momentos en los que siento que me asfixio, que me cuesta tanto inhalar que siento que podría perder el conocimiento”.

Insuficiencia respiratoria garabateó el doctor al tiempo que volvió a preguntar, sin levantar siquiera la vista.

-“¿Otra cosa?”

-“A ratos me late muy fuerte el corazón. Taquicardia, puede escribir en su libretita.”

El doctor se molestó, se quitó los anteojos y dijo en tono solemne: “Podría ser taquicardia o taquiarritmia señor y le voy a agradecer que no sugiera diagnósticos, el autodiagnóstico es algo muy peligroso, todo un problema de salud social”.

El hombre exhaló con desesperación y balbuceó con voz chillona, mientras se jalaba la barbilla y movía una sola mano:

-“Pero yo no estoy enfermo doctor, a mí lo que me duele es la vida. La que está enferma, la que se me está pudriendo, la que que está amenazada es mi existencia y eso se refleja en mi cuerpo pero yo, yo no estoy enfermo.

El doctor se reacomodó en su sillón de piel negro con rueditas. Lo empujó un poco para atrás con los pies y al tiempo que lanzaba otra mirada descreída, abrió la boca para decir:

-“¿Algún otro síntoma?”

-“Sí, me cuesta trabajo dormir”.

-“¿Ha intentado contar borreguitos?” se atrevió a preguntar el médico.

El hombre azotó los dos pies al mismo tiempo en el piso y se levantó de su silla mientras jalaba su mariconera que todo ese tiempo estuvo en la silla de junto.

-“¿Sabe qué? Creo que me equivoqué de especialista. Pensé que un internista me ayudaría pero quizás un chamán o algún hipnotista me vendría mejor”.

El médico cambió de tono y se disculpó diciendo que estaba solamente tratando de cuantificar la gravedad del asunto y lo invitó a volver a tomar asiento. Después dijo: 
“Lo que me interesa saber es… ¿esto lo siente todo el tiempo? Porque de ser así, estaría usted muy grave”.

El hombre inclinó la cabeza hacia la izquierda, dirigió la mirada al techo y un par de segundos después dijo:

-“Lo del pensamiento sí, es todo el tiempo, todo el puto tiempo. Lo de la falta de aire es a ratos, sobre todo en las mañanas. La taquicardia, o taquirritmia o braquicardia o como se llame la patología cardíaca cual séase que se me presente, sí tiene momentos muy específicos”.

-“¿Y cuáles son esos?”

– “Es difícil decirlo”.

-“¿Y el pensamiento? ¿Cuál es ese pensamiento?”

– “Ahora que lo menciona, no es solo uno pero todos tienen que ver con lo mismo”.

– “¿Y eso es?”.

– “Él”.

-“¿Él?” Preguntó el doctor a quien no se le daba mucho eso de la imaginación. En lugar de asumir que se refería a un ente espiritual, a su padre o un jefe que le hacía la vida imposible, dejó que el paciente siguiera hablando. Éste se llevó una mano a la cara y empezó a sollozar como ahogándose o sufriendo una convulsión de proporciones controladas en su asiento de piel y estructura cromada.

-No puedo creer que también aquí estoy hablando de él.

-Perdón, pero ¿Quién es “él”?

-Mi vecino.

Desconcertado y temeroso de volver a ser imprudente y perder al paciente, el médico permaneció en silencio unos segundos para volver a cuestionar la premisa.

-Déjeme tratar de entender. No puede dejar de pensar en su vecino y eso le da dolores de cabeza, insuficiencia respiratoria y un tipo de arritmia.

El paciente abrió la boca y mientras su maxilar inferior temblaba un poco logró pronunciar un tímido “Sí”.

-¿Y este vecino lo incomoda de alguna manera? ¿Hace mucho ruido? ¿Lo intimida, lo amenaza? ¿Es eso lo que hace tan insoportable su existencia?

El hombre rió espontáneamente.

-Me intimida, sí, pero no de mala manera. Hemos hablado muchas veces pero de forma fugaz. El episodio que marcó todo fue el día que nos quedamos atrapados en el elevador. Al principio fue incómodo, aunque ya nos caíamos bien de vista. Estuvimos varias horas hablando, ya sabe, primero del contratiempo que estar ahí implicaba en ese momento y eso nos llevó a temas mucho más profundos.  

-“Entiendo, ¿pero en qué momento se vuelve este hombre una enfermedad en su vida?”

-“¡Él no es una enfermedad! Yo tampoco soy un enfermo. Me duele la vida porque me resulta insoportable no vivirla más cerca de él”.

El médico se quedó callado pero al ver que el paciente no seguiría hablando pues seguía sufriendo una especie de catarsis en su asiento, preguntó:

-“¿Y por qué la quiere vivir con él?”

El hombre se reincorporó tímidamente sobre su asiento y trató de tener un poco de compostura.

-“Verá doctor. Yo pensaba que era claustrofóbico. No solo lo pensaba, estaba seguro de serlo porque varias veces me quedé encerrado en distintos lugares y el sentimiento era para volverse loco. Cuando me di cuenta que estaba encerrado en un elevador con él, no solo no tuve tiempo de ponerme mal, ¡después me dio gusto que sucediera! ¡Y eso que no tenía idea de lo que pasaría las siguientes horas!”

-“¿Y qué fue lo que pasó? ¿Algo sexual acaso?”

-“Doctor, yo no soy homosexual”.

-“¿Entonces?”

-“Nada en concreto y todo a la vez. Su presencia fue algo tan grato, tan reconfortante, que no me importaba estar ahí encerrado con él. Lo que pasara afuera del elevador era absolutamente irrelevante. Ni siquiera sé cuánto tiempo pasó, sé que fueron varias horas pero al salir yo solo atiné a regresar a mi departamento a repasar la conversación. Desde ese día todos mis pensamientos tienen que ver con él. Con sus ocurrencias, con el sonido de su risa, que fue lo primero que escuché después de que el ascensor se jaloneara y se apagaran las luces”.

-“¿Tiene fantasías sexuales con él?”

-“¿Soñar con la risa de alguien cuenta como fantasía sexual?”

-“Mire, creo que nos estamos desviando del tema y por lo que me dice lo que le pasa a usted no es un padecimiento de la existencia. De lo que usted sufre es de un grave caso de enamoramiento”.

Amor, escribió el médico en su libreta y después la deslizó sobre el escritorio, tapó el bolígrafo y escuchó lo que tenía que agregar el paciente.

“¿Enamoramiento, doctor? ¿De qué me está hablando? En su puerta dice que es internista, no doctora corazón”.

El médico finalmente rió y le dijo:

“Mire, no tengo que ser doctora corazón como Usted dice para saber que cuando no puede dejar de pensar en otra persona, la idealiza y eso provoca aumento de la frecuencia cardiaca, hiperventilación, ansiedad y desesperación por estar con ella, eso es enamoramiento y puede ser muy doloroso. Tiene razón en decir que le duele la vida pero temo decirle que eso sí es una enfermedad”.

El paciente se quedó en silencio poco más de un minuto mientras el doctor hacía una investigación exprés en su computadora. Después siguió hablando.

-“Tiene razón cuando dice que yo no soy doctora corazón pero lo que describe Usted es típico cuadro de amor romántico, del más maligno”.

-“Doctor, no me diga eso, me está espantando”.

-“Pues ya usted mismo me dijo que es insoportable, dígame algo. ¿Hace planes para poder encontrarlo más seguido para alimentar su ilusión con el más mínimo gesto?”.

-“¡Sí! ¿Cómo lo supo? ¿Eso es muy grave?”

-“Algo, sí”, dijo el médico con un tonito irónico que además explicó que justamente de eso se alimentan ese tipo de patologías. Y después dijo: “Me temo que tendrá que matarlo”.

-“¿A mi vecino, doctor?”, preguntó el paciente escandalizado.

-“No, al amor”.

-“No sé si estoy listo para eso”.

-“Es la única manera de sobrevivir. Mire, le seré franco: si no hace algo rápido, este amor acabará con Usted. En el mejor de los casos la pasará muy mal varios meses y eso afectará su desempeño personal y profesional pero si no se da una relación, eventualmente estará mejor. Sin embargo podría ser peor y llegar a ser correspondido. Podría durar mucho tiempo con esa persona. Al principio quizás sí, sintiéndose aliviado de que al fin sucedió pero a la larga igual tendrá que matar ese amor y será peor el sufrimiento. Hágalo ahora, yo sé lo que le digo”.

El paciente se soltó en un llanto inconsolable y mientras moqueaba atinó a preguntar:

-“¿Y Usted puede extirparlo, doctor?”

-“No, ahí sí recomendaría un chamán o de plano un exorcista. Lo que sea que le funcione. Mientras puede empezar a leer filosofía nihilista como analgésico, es como ibuprofeno para el alma. Ah, y aléjese de la música ranchera, por favor”.

Leer El extranjero, Albert Camus garabateó en una receta el doctor y después No escuchar NADA de Juan Gabriel!!!!! con el nada en puras altas y muchos signos de admiración de cierre pero ninguno en la apertura.

-“Es lo mejor, ¿verdad doctor?”

-“Es lo mejor”.