Gramática de vida

Hay gente que no sabe ni cuántos años tiene.

Cómo pierden la cuenta, no lo entiendo. Yo vigilo los minutos; programo las horas; documento los días. Reviso los años. Celebro mucho los aniversarios. Me gusta encontrar ciclos en los eventos. Nombrar capítulos de mi historia. Descubrir cierta lógica en el acto de vivir.

Antes me urgía saber el futuro. Intentaba asomarme a él por medios adivinatorios. De unos años para acá me dedico, más bien, a explorar el pasado. A estudiar la genealogía. Trato de entender el resultado de cuarenta y dos años de vida y la influencia en ellos de, por lo menos, dos generaciones atrás. En qué personajes se ha convertido, en ese tiempo, esta persona a la que intento darle existencia. Cuál es el que va mejor. Quién sigue.

Una cosa me queda clara. El tiempo cada vez pasa más y más rápido. Hay mucho qué hacer y muy poco tiempo para hacerlo. Nuestra tragedia es que casi siempre dejamos que lo urgente le gane a lo importante. Y es que sobrevivir es un trabajo de dos turnos.

Así, se pasan los años y los lugares por visitar se reducen tanto o más que las personas por conocer. Recorrer la geografía o practicar las artes sociales pierde importancia. Esta vida está cada vez más hecha y es muy bueno todo lo que hay en ella. Lo que siempre ha estado; lo que lleva un tiempo importante y seguirá; lo que aparece y se queda –aunque sea por un momento que, a la larga, termina siendo casi efímero– y también lo que hubo y se fue.

Pero lo más relevante es que he llegado a vislumbrar que el tiempo verbal que aplicamos a nuestras acciones es determinante. Y aunque presuma de ser capaz de conjugar los verbos vivir y amar en  pretérito perfecto, evito la forma pretérita imperfecta en cualquier fraseo y con cualquier verbo, por su definitiva contundencia. Es casi como decir “nunca más”.

Se pueden abandonar las creencias, las ciencias ocultas; las obsesiones y las indulgencias. Se puede incluso dejar de llevar la cuenta – pero siempre, siempre, hay que observar la gramática a la que recurrimos.

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Up in the air

Y por fin, después de dos noches varada en el aeropuerto de Washington, logré subirme a un avión.

Era el verano del 2002, el primero después del 9/11 y a mí se me había hecho fácil comprar un boleto sujeto a disponibilidad. No había sido por economizar, sino por viajar junto con Erica que había conseguido esa promoción para ella y su familia. Pasaríamos juntas unos días en París y luego yo me iría a Madrid.

Nos habían dicho que quizás sería complicado encontrar lugar pronto en los vuelos y aunque salimos de México sin problemas, en la escala de Washington nos quedamos estancados más del noventa por ciento de los pasajeros. Simplemente no había vuelos en conexión. Inclusive al hijo del piloto lo dejaron atrás y él fue quien nos dijo que, en vista de las circunstancias, lo mejor era intentar regresar a México.

Todas las salas del aeropuerto estaban a reventar, con familias enteras que incluso llevaban niños pequeños, todos ansiosos por salir de ahí y llegar a donde iban. La desesperación en el ambiente era mucha y los teléfonos públicos estaban abarrotados todo el tiempo. Yo todavía tenía algunos días antes de que alguien esperara mi llegada del otro lado del Atlántico, por lo que no me urgía comunicarme con nadie y  veía esas filas neuróticas con indiferencia. Además, no perdía las esperanzas de lograr subirme a un avión pronto.

Ingenuamente, se me ocurrió ir al mostrador de Delta a preguntar por el precio de un boleto a París. Tres mil dólares. Era el presupuesto completo que tenía para dos semanas en Europa. Además ya había pagado 600 dólares del presupuesto original. No había forma.

Erica y su familia decidieron tomar un tren a Nueva York y con todo lo atractivo que eso sonaba, lo único que yo quería era llegar a Europa. Por eso, me quedé sola para llorar amargamente a ratos mi desventura en las frías salas de espera de Dulles. Corría por los pasillos jalando mi maletilla con ruedas cada que anunciaban que en otra puerta saldría un vuelo a alguna ciudad europea. Fue la primera vez que reconocí a los aeropuertos como los lugares inclementes y hostiles que son. Espacios de mero tránsito, perfectamente calculados para no permitir ni un ápice de confort.

En las escasas horas en las que no había salidas de vuelos trasatlánticos, me escapé a conocer la ciudad. Nunca he vuelto a vivir una visita turística de forma tan sombría como la que hice al monumento a Lincoln o a la Casa Blanca.

D.C. me pareció una ciudad cuidadosamente esterilizada con propiedad política y tematizada cual parque de diversiones, pero con la historia estadounidense como pretexto. Una ciudad hospital de la conciencia histórica. Además, la memoria me podría estar engañando pero sus calles lucían tan vacías como un escenario postapocalíptico.

La mañana del tercer día me di cuenta que, en efecto, lo mejor sería regresar a México, aunque hasta ese momento tampoco se había presentado la oportunidad. Pero casi providencialmente, como en premio cósmico a mi resignación, anunciaron un vuelo al DF en donde había algunos asientos libres y uno de ellos fue para mí.

Era el verano del 2002 y México había jugado contra Estados Unidos durante el Mundial por el pase a cuartos de final uno de esos días en los que estuve aislada de noticias futboleras. Ahí fue cuando aprendí que en aquel país a nadie le importa el fútbol. Pero ya sentada dentro del avión, alcancé a ver que la persona que iba delante mío leía el Financial Times y pensé que quizás su sección deportiva podría tener alguna nota que me dejara saber la suerte con la que había corrido la Selección Nacional.

Con los ojos todavía hinchados de tanto llorar los días anteriores, de mal dormir y sin siquiera fijarme quién era el dueño del periódico, me asomé como pude entre los estrechos asientos del Boeing 737-700 y pregunté:

Excuse me, could I borrow your newspaper for a second?

El dueño del periódico volteó y me deslumbró con su hermosa sonrisa que más que en su boca se reflejaba en el brillo de sus grandes ojos, de un café tan fascinantemente oscuro que eran casi negros. Estaban además subrayados por unas interesantes ojeras que los hacían resaltar aún más y su melena corta y ligeramente quebrada agregaban a su apariencia un toque juguetón. Tendría apenas unos tres o cuatro años más que yo (quizás un poco más y llegaba a los treinta) y era tan alto que sus rodillas chocaban con la mesita de servicio montada sobre el respaldo del asiento de enfrente.

Do you want to check on your on your stocks?–, bromeó ocurrente y espontáneo. Claro, le había pedido que me prestara el Financial Times.

Le expliqué que no, que yo no tenía acciones y que lo que quería era saber el resultado del partido del día anterior, lo cual le pareció todavía más curioso. Como hablar por encima de los asientos de pronto se sintió antinatural y el lugar junto al suyo estaba vacío, me senté a su lado y empezamos a conversar.

Era de Baltimore y se llamaba Sameer. Financiero y vivía en Boston. Le expliqué la afición mexicana al fútbol. Me preguntó por qué lloraba. Me dijo que a veces las cosas pasan por algo. Aunque usó una frase hecha y carente de fundamento, la amabilidad de este extraño me resultó muy reconfortante. Sin darnos cuenta el avión aterrizó y nosotros queríamos seguir conversando. Me invitó a tomar algo ahí mismo y salimos juntos del avión.

Él llevaba solo un carry on y me preguntó si antes no quería ir a buscar mi maleta (la cual, en un acto de desesperación por deshacerme de ella un rato, había documentado). Le respondí que no, que ya iría yo después a buscarla. Así que sin pasar por las bandas del equipaje, nos fuimos directo al bar del restaurante más “elegante” del aeropuerto, que era uno de cortes argentinos.

De qué tanto hablamos, no lo recuerdo, pero él no dejaba de preocuparse por mi equipaje, así que poco antes de una hora salimos de ahí con la misión de recuperarla. La banda correspondiente a nuestro vuelo estaba apagada y vacía y encontré mi maletita aventada en una esquina. La tomé y entonces un guardia de seguridad pidió checar mi boleto para corroborar que fuera mía y después de cuestionar mi retraso para recogerla, me regañó diciéndome que nunca volviera a dejar mi equipaje así como así. Pura paranoia post terrorismo.

Al llegar a los taxis, Sameer me preguntó a qué parte de la Ciudad me dirigía para ver si compartíamos transporte y le contesté que no tenía rumbo porque nadie me estaba esperando. Que mi familia me hacía en París y le pregunté si me invitaba a pasar la noche en su hotel.

–Are you sure you want to go with me?– , me preguntó incrédulo y después de un sí muy seguro de mi parte, nos subimos al taxi y nos fuimos directo al María Isabel Sheraton, en donde él tenía una habitación a su nombre.

Ya estaba oscuro y las luminarias de Paseo de la Reforma la hacían lucir esplendorosa con todo y su tráfico vespertino.

Llegamos al hotel y en cuanto tuvimos la habitación le pedí que me dejara darme un duchazo antes de bajar a tomar algo más al bar. Necesitaba quitarme el aeropuerto de la piel. Salí del baño envuelta en una mullida bata y con el pelo en una toalla. Sameer, recostado en la cama me dijo –You look beautiful.

Sus palabras fueron tan dulces y se sintieron tan sinceras que me acerqué a la cama y me acosté sobre él. Besé tiernamente sus labios gruesos y cuando me separé de su boca, me dijo que era demasiado confiada.

–There’s nothing scary about being with you here– respondí. –Besides, I’m in my country and you are not. 

Smart girl– contestó con su adorable sonrisa.

Me levanté, me vestí en el baño y bajamos a cenar.

De regreso a la habitación me puse mi pijama y me metí a la cama. Lo único que quería era descansar bien por primera vez en muchas noches. Sameer se metió a la cama junto a mí y me abrazó. Así me quedé dormida hasta casi las seis de la mañana del día siguiente.

Me levanté, me vestí, guardé mis cosas y cuando estaba por salir del cuarto, Sameer despertó.

Where are you going?– preguntó desconcertado.

Home. I’m ready to go back home. Thanks for everything. It was really nice meeting you. Go back to sleep. 

Creo que dijo algo mientras la puerta se cerraba, pero entendió que no quería que me siguiera porque esperé el ascensor casi un minuto en el pasillo y él nunca salió. En el lobby pedí un taxi al concierge y me dirigí a mi casa.

Nunca volví a ver a Sameer.

Adonis

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Venus and Adonis. Francesco Bartolozzi. 

– Es en serio, Erica, no te rías. ¿Me niego a besarlo en la primera cita y ya por eso no me vuelve a llamar? ¡Como si nunca lo fuera a besar en la vida! La plática que tuvimos toda la noche, ¿no le interesó en nada? Lo bien que lo pasamos, ¿no le importó? O sea, ¿todo fue un numerito para llevarme a la cama? ¿No le doy un beso cuando a él le da la gana y se me desaparece? ¡Que se vaya a la chingada, entonces! Muy guapo y muy millonario, pero es un patán igual que todos…

Mientras Erica sacaba algún argumento romántico para defender a aquel tipo al que me había vendido como el último hombre que valía la pena en el DF, volteé a observar la concurrencia del bar. A pesar de estar a reventar, el panorama no era alentandor. Era verdad: ya no había hombres. Con Bostich+Fussible de fondo, una bolita de amigos (que seguramente eran más jóvenes de lo que lucían) por sus movimientos de bulto parecían discutir un partido de americano. Un par de intelectuales añosos gesticulaban como si arreglaran el mundo juntos antes de irse a tristear solos a sus deprimentes departamentos de solteros. Otros más iban en pareja y se les veía contentos, o por lo menos entretenidos.

Justo un segundo antes de regresar mi mirada a Erica, que seguía diciendo que el pobrecito príncipe sarraceno que me había presentado estaba pagando las culpas de todos los gañanes con los que yo me había topado antes, me di cuenta que al fondo de la barra un tipo levantaba su copa como brindando conmigo mientras levantaba una ceja y me miraba a los ojos.

El gesto me pareció tan increíblemente kitsch que me hizo gracia e, interrumpiendo a Erica en su diatriba, le dije, tratando de disimular la risa:

–Güey, un tipo me está coqueteando.

–¿Quién, quién?– empezó a preguntarme Erica mientras volteaba para todas partes indiscretamente.

–Allá, hasta el fondo–, dije señalando solo con la mirada, mientras le daba un sorbo a mi Cosmopolitan y él me volvía sonreír como todo un Alfonso Zayas de la Condesa.

-Ay, es feo– me dijo Erica sin observarlo más de dos segundos. –En serio, yo creo que deberías buscar a Amín. ¿Sabías que en Persa su nombre quiere decir confiable? Dile que te dolía la cabeza o algo, en serio, Da, vale la pena. Es guapísimo y además de ser de muy buena familia, es muy trabajador.

– Yo solo sé que su nombre y su actitud me hacen sentir que estoy aplicando para un harem– contesté.

Me olvidé del coqueteo de película setentera del desconocido y Erica y yo seguimos discutiendo, por lo menos una hora más, sobre detalles de mi cita con Amín que a mí me habían parecido ultra machistas y a ella gestos perfectamente normales de un hombre que está cortejando a una mujer. De pronto vi el reloj y le dije que ya estaba cansada de darle vueltas al tema y que me parecía que era hora de irnos. Pagamos la cuenta y cuando nos estábamos levantando de nuestros bancos, el feo aquel con actitud de galán de balneario se me acercó por fin.

–Hola, ¿ya te vas? – me preguntó con una familiaridad un tanto molesta.

–Hola, sí, ya nos vamos. Ya es tarde – contesté cortante mientras tomaba mi bolso del gancho de debajo de la barra.

–No es tan tarde, ahorita hay una fiesta aquí cerca, ¿no quieren venir? – insistió.

–No, en verdad gracias, ya nos vamos.

De cerca era todavía más feo. Mofletudo y pecoso. Sus ojos eran muy redondos y tenían un brillo sospechoso, como el que tendría la mirada alguien que se acaba de meter un par de líneas. Quizás por eso era tan atrevido.

–Pero espérate tantito– dijo tranquilamente como para no espantarme –¿Cómo te llamas? Yo soy Jan.–

Lo volteé a ver bien como para entender si ese nombre extranjero estaba justificado o sí más bien había sido un capricho de sus papás, pero los gestos de obvia desesperación de Erica me hicieron dejar de observarlo para contestar rápido.

– Daniela. Pero ya me tengo que ir.

– ¿Por qué tan temprano? Espérense tantito.

–Te tardaste mucho en llegar de allá a acá, ¿no? Te hubieras apurado si querías platicar–, le dije no como reclamo, sino como comentario de simple lógica.

– Es que no dejaba de encontrarme gente en el camino para acá y por eso hasta ahorita pude acercarme. ¿Y a qué te dedicas, Daniela?– Con esa frase noté que además tenía un acentito pirrurris.

Erica tenía ya cara de muy pocos amigos y ella era la que llevaba el coche, pero algo en la actitud del falso extranjero me entretuvo y por eso no me porté como lo hubiera hecho en otro momento y le contesté su pregunta.

– Soy fotógrafa.

– Ah mira, yo soy cineasta. Justo hoy terminé un documental, estuve filmando en helicóptero sobre la sierra de …– Indiscutiblemente era un mamonazo. Y eso que era feo.

–Sí, qué interesante. Mira, en serio ya me tengo que ir.

–¿Me das tu teléfono, Daniela? Me gustaría invitarte a comer mañana.

Erica veía la escena con la boca abierta de incredulidad y yo, casi por molestarla, le dije que sí a Jan. Era la forma más corriente de ligar, en un bar pretencioso con un desconocido que había usado todos las frases del libro sin darse por vencido. Pero me cayó bien que fuera tan desfachatado.

–55-54-33-76-74– dicté los números de corrido con la tentación de decir alguno mal, pero no lo hice.

–Ash, ‘pérame que tengo la memoria llena, déjame borro alguno– me dijo mientras en la pantalla de fondo verde recorría la agenda de su Nokia 3210 que parecía un walkie talkie.

Me enseñó el contacto que iba a borrar. “Epigmenio Ibarra”, decía el número que eliminó. De que era ocurrente, lo era. Acto seguido me volvió a preguntar el número que volví a decir bien y me dio gusto hacerlo porque enseguida sonó mi Ericsson T68. Me marcó para corroborar que se lo hubiera dado bien. En efecto, era un profesional del ligue casual.

–Ya estamos– me dijo. –Te hablo mañana, Daniela– y por fin me dejó ir.

Erica me regañó todo el camino de regreso por ponerme a hablar con un extraño y me dijo que estaba loca por darle mi teléfono a cualquiera. Volvió a insistir en que buscara al que había sido mi pretendiente exótico por una semana y que tres días antes había pasado por mí en un Mercedes Benz convertible.


Desperté pasado el medio día porque mi celular estaba sonando insistentemente dentro de mi bolsa. Me di cuenta que estaba sola en casa. El identificador de llamadas mostraba un número que no tenía registrado, pero que era de la zona. Pensé que podría ser Amín y contesté.

–Hola, soy Jan–, me dijo del otro lado de la línea.

–Ah, sí, hola– contesté, todavía desconcertada por el amodorramiento. Ya se me había olvidado que había conocido a alguien la noche anterior. –¿Estás en Polanco? El número del que me estás hablando es de por acá–, pregunté contestándome sola.

–Sí, vine a ver a mis papás, ¿tú también vives por acá?

–Sí–, contesté incrédula de estar teniendo esa conversación. El tipo en serio era incansable.

–Perfecto. Entonces qué, ¿me aceptas la invitación a comer?

Me volví a ver sola en la casa. Nadie sabía que saldría con un desconocido. Podría decirle a Erica que lo haría y avisarle donde iba a estar. Quizás si lo veía ya en un lugar y no me tenía que subir a su coche, no resultaría tan peligroso.

– ¿Como a qué hora? Es que acabo de despertar. ¿Qué hora es?

–Mira, ya casi es la una. Yo apenas llegué aquí con mis papás y los vine a consolar porque se murió su perro de muchos años…

Estaba demostrando su sensibilidad. Este hombre no dejaba ir una.

–Ajá…– musité esperando el final de la propuesta.

–Si quieres nos vemos en hora y media en algún lugar cerca de tu casa.

–Me parece perfecto, me da tiempo de arreglarme y verte en… ¿el Adonis te parece bien?

–Ya estás, ahí nos vemos.

Colgué. Me volví a meter a la cama y le marqué a Erica.

–¿Qué onda? Sí, ya sé, güey. Yo también me acabo de despertar. Oye, sí es el Adonis en donde come todos los domingos Amín con sus papás, ¿verdad? No, nada más. Pura curiosidad. No, no me ha llamado ni lo hará porque es un patán. Por cierto, güey, ¡no sabes! Me llamó el tipín de anoche… Me invitó a comer hoy… ¡Claro que no, Erica! Parece que no me conoces. Además es feo…

Ayer vi a Susana

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Elmer Bischoff

Primero pensé que era alguien más. Una compañera de la universidad que dejó la carrera y se volvió bailarina; una a la que me encontré un par de años atrás y que después de eso no dejó de mandarme invitaciones para un espectáculo que iba a tener y al que por supuesto nunca fui. Recordé de inmediato su nombre: Carla. No sé por qué nunca olvido nombres de la gente que no importa.

Por eso, cuando pensé que era ella, me volteé por si me llegaba a reconocer. Yo estaba en la calle esperando que Diana saliera de una cafetería. Ella estaba hablando por teléfono. Decía algo sobre una cuenta de gas. Entonces me volteó a ver de reojo. Fue cuando me di cuenta. No era Carla, era Susana.

Susana, la actriz esa de la que te enamoraste y a la que le tomaron unas fotos en mi departamento. Bueno, decías que era actriz pero yo nunca la vi en nada. Era guapa pero siempre me pareció como apocada. Me extrañaba que fuera actriz. Pero guapa sí estaba. También estaba loca, según tú. Pero también según tú, todas las mujeres interesantes estamos locas. Y de todas te enamorabas.

Se veía algo nerviosa. Inquieta. Diana salió y nos fuimos de ahí. No la volteé a ver ni por una última vez. No me quedaba duda, era Susana. Y sé que me reconoció porque me di cuenta que me siguió con la mirada.

Como media hora después, de regreso a casa de Diana, la volví a ver. Estaba del otro lado de la calle, entrando en una casa muy bonita. Me acordé que una vez fuimos a una fiesta a la que ella nos invitó y que también fue en una casa muy bonita. Pero no era la misma casa a la que fuimos a la fiesta, esa estaba en otra parte de la ciudad.

Sí, Susana era guapa y ayer me di cuenta que además es sexy. Traía un suéter blanco de un tejido muy abierto por el que se veía que debajo traía un bralette color vino. Aunque se veía triste. Sí, eso es, siempre se vio triste. Por eso nunca me pareció tan guapa ni la imaginé como buena actriz. A las actrices no se les debería notar cuando están tristes. Y ésta anda causando lástimas por todos lados con sus ojitos de perro callejero.

Susana es el último de los fantasmas tuyos que se me han aparecido. Al principio eran muchos, por todas partes. Hoy ya solo te encuentro a pedazos por mi casa. Eres varios imanes del refrigerador, el tostador que desechaste para cambiarlo por uno de diseño, el pájaro de Eames que vigila todo desde lo alto. Hace poco fuiste el termo que tiré a la basura porque mantuvo el café caliente pero le dejó olor a humedad.

Yo sé que también a mí me encuentras por partes en tu vida, quizás no tanto en objetos como en ciertas calles y en un par de canciones. Creo que eso fue lo que ya no te dejó seguir. Tenerme en partes y no completa, aunque yo siempre te dije que no me soportarías todo el tiempo. Al final, con tu distanciamiento me diste la razón.

Nos contábamos todo. Se sentía bien saber que, al final, no soy tan mala. Tú eres mucho peor que yo. A ti sí ya te valió madres todo. Ese es el problema de que algo te valga madres. Una vez que algo te deja de importar, lo demás cae como efecto dominó. El maldito hoyo negro te chupa. Pierdes el alma. No hay vuelta atrás.

A ti te pasó. Yo lo vi.

Y lo que nunca entendiste es que a ti lo que te gustaba era tu versión de mí, no yo. Te divertía la rebelde sin causa. La que te iba a hacer segunda en todo. Pero ésa solo existió un tiempo. Después vivía solo en tu cabeza. Si no te dejé yo a ti fue porque no soy como tú. Yo solo soy una rebelde de clóset.

Por eso cuando te diste cuenta no lo soportaste y te suicidaste para mí. Solo para mí. Igual te acabaste muriendo para todos. Hasta para la gente de tu pasado. Porque te aseguro que si tú te hubieras cruzado en la calle con Susana, ni siquiera te hubiera volteado a ver.

Hormigas

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Desperté porque la sentí recorriéndome el pecho. Conforme avanzaba sobre mi piel, cosquilleaba con dirección de la clavícula para después escalar por el cuello. El área que abarcaban sus patas no podía ser de más de un par de milímetros y sin embargo la presión que ejercían causaba una molestia convulsiva.

La aplasté detrás de mi lóbulo y la vi reducida a una bolita negra sobre mi dedo. Se había metido hasta mi cama. Me levanté de un salto y me puse a revisar las sábanas. Era solo una, pero que estuviera ahí no era buena señal.

Habían entrado por la cocina. Siempre pasa igual. Llegan atraídas por la más mínima migaja que quede en el mostrador de la cocina. Se meten también al fregadero, si encuentran restos de comida ahí. Invaden los platos de croquetas de los gatos.

El problema es cuando ya están en las recámaras. De ahí no tardan en pasar al baño.

Brotan de las coladeras, de entre las lajas del recubrimiento. Podría jurar que las vi salir de un grifo. A veces incluso encuentro el caminito que han recorrido desde afuera, de la terraza o del jardín, para llegar ahí.

Es entonces cuando se hace evidente que están rodeando todas las casas. Que dominan la cuadra pasando desapercibidas.

Yo entiendo que tengan que vivir, pero las quiero bien lejos de mi casa.

Por eso primero puse un poco de comida fuera de casa para distraerlas. Como eso no sirvió, a continuación usé un aceite de cítricos para ahuyentarlas. Desesperada por lograrlo, traté de hacerlas entrar en razón. “¡Váyanse!”, les grité parca pero firmemente. Y después de un rato, lloré de desesperación.

Las hormigas no entienden razones y si te descuidas infestarán el espacio. Puede llevarles años, pero se instalarán. El problema es que para cuando nos damos cuenta de su presencia, ya ganaron mucho terreno.

Su aparición nunca es un buen presagio. Es algo que se sabe desde tiempos mesopotámicos. Los asirios, sumerios y babilonios establecieron que encontrar hormigas en casa es un mensaje profético y no suele ser positivo. En qué parte de la casa estén y cómo se comporten, determinará el suceso por venir.

Cuando se vean hormigas en la alacena, toda ella se vaciará.

Cuando las hormigas hagan un nido en una casa, los acontecimientos se retrasarán.

Cuando se vean hormigas en la fachada sur de una casa, la discordia irrumpirá en su interior.

Cuando se vean hormigas en la cornisa de una casa, habrá mucha necesidad.

Por eso tenía que terminar con ellas. No era algo personal, pero podría llegar a serlo y no me quería esperar a eso. Las hormigas no eran señal de un habitat saludable, no. Todo lo contrario.

Que estuvieran ya visibles por toda la casa quería decir que hacía tiempo que se abrían camino dentro de los cimientos de la misma. Esto no era una broma. Tampoco una advertencia.

Necesitaba usar un químico aunque éste representara un riesgo tóxico. Si se llamaba “Casa y Jardín” no podía ser tan malo.

Me puse a revisar cada esquina, cada cornisa, todas las ranuras, entradas y salidas por donde pudieran estar circulando. Descubrí varios agujeros que tenían circunferencias de un par de milímetros, por los que salían pasando casi desapercibidas. Había un caminito que venía desde la terraza. Estaban también en la azotea.

Menos de diez atomizaciones fueron suficientes para terminar con ellas. Con todo lo terrible que se había vislumbrado el problema, se terminó relativamente fácil a pesar de haber tenido que usar un insecticida en aerosol.

Durante varios días las hormigas no se dejaron ver para nada.

Pensé que el problema se había solucionado y hasta me taché de obsesiva, pero no había pasado ni una semana cuando un día otra vez ya estaban pululando en el fregadero a medio llenar de trastes sucios, nada más que esta vez eran tantas, que se veían como una mancha negra que vibraba con movimiento. También reaparecieron en el patio. Había una que otra en el baño. Y aunque ya otra vez estaban por todos lados, no lograba localizar sus rutas.

Revisé por todos lados. Empezaba a sospechar que lo mío ya no era obsesión sino paranoia y entonces las vi. Eran más que nunca. Salían en una tira gruesa de lo que había sido la caja de los medidores de luz antiguos. Me dio terror abrirla. Cuando por fin reuní el valor para hacerlo, una picazón intensa empezó a molestarme de inmediato en la cabeza, la cara y los brazos por lo que vi ahí. Surgían de una grieta de la madera a borbotones, no me quería ni imaginar qué tan profundo en el muro estaban.

No hubiera querido llegar a tales grados, pero esto requería de una fumigación profesional. En ese mismo momento llamé a los exterminadores para agendar una cita urgente. Me la dieron para la primera hora de la mañana del día siguiente.

Esa noche no dormí. Casi podía escuchar cómo las hormigas abrían canales dentro de los pilares de la casa, debilitándolos lenta y silenciosamente. Aunque los exterminadores actuaran correctamente, el veneno no las alcanzaría hasta allá. Por un tiempo parecería que ya no estaban, pero seguirían reproduciéndose y carcomiendo todo desde dentro de la casa hasta el día en que terminaran por derrumbar sus columnas y con ellas, el resto de la construcción.

 

Instrucciones para cocinar

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Seguir recetas es una manera segura de preparar alimentos. Sin embargo, hacerlo desde la intuición mejora los resultados. No se trata de prescindir de una guía general, sino más bien de descubrir el estilo propio.

No hay nada más incómodo que tratar de preparar algo sin dejar de consultar el recetario. El mismo platillo se puede lograr con más soltura y goce. Porque aunque en apariencia el resultado sea el mismo, el sabor delatará el disfrute o la agonía del proceso.

Lo más importante es hacerlo porque queremos. Sí, es un cliché extendido pero cierto: cocinar es un acto de amor.  De la voluntad se derivará el interés y el entendimiento por llevar una receta a buen término.

Para cocinar a gusto es necesario crear la atmósfera propicia. También hay que tener tiempo. A la cocina no se entra con prisas. Menos aún de malas.

La cocina es una amante celosa. Aunque el tiempo que se tiene sea poco, demanda atención exclusiva. Presencia y todos los sentidos alertas.

Con toda la buena disposición con la que contemos, se requiere siempre ablandar el ambiente. Esto se logra con música. Algo movido pero no tan cadencioso que distraiga físicamente. Solamente un ritmo acompasado que nos permita tener el cuerpo dispuesto.

Las tarantelas y las congas resultan idóneas pero habrá quien prefiera una mazurka interpretada por Chopin, por ejemplo. La elección musical dependerá mucho también de la hora del día y el platillo a preparar.

Ya más inmersos en el procedimiento, también nos podremos macerar en alcohol. Una copita de vino, una cerveza. Nada excesivo, ni demasiado alcohólico. Se trata solamente de un aperitivo que acompañe el ritual, invitándonos a probar –porque de esto casi no se habla pero, en la cocina, hay que usar mucho la lengua. Por eso, desde la preparación hay que pensar en el maridaje.

Antes de iniciar, es indispensable lavarse las manos. En la cocina no se usan guantes (no es un consultorio médico) y habrá que despojar frutas y verduras de sus pieles, amasar y bolear mezclas hasta dejarlas en el punto exacto; estrujar distintos ingredientes, camisar recipientes y dependiendo de las habilidades y filias personales, habrá quien incluso se anime a bridar*. Todo eso requiere nuestras palmas y en especial nuestras yemas, perfectamente aseadas.

Si bien los secretos de la cocina no están escritos en ningún lado (no hay algo como un kamasutra gastronómico) sí existen métodos que, de dominarlos, facilitan los procesos. Por ejemplo, la acción de cortar o más específicamente, de picar cualquier alimento.

Quien sabe que se requieren tabla y cuchillos adecuados (en tamaño, tipo y grado de filo respectivamente) y una técnica específica, terminará su tarea gastronómica mucho más rápido y satisfecho. Es tan sencillo como detener el alimento con los nudillos y deslizarlos con el pulgar rápidamente bajo el cuchillo (que se mueve únicamente de arriba abajo a manera de guillotina). Suena complicado, pero es únicamente cuestión de práctica.

Algo que hay que dejar claro, es que las cebollas no hacen llorar. Al cortarlas, los ojos aprovecharán el pretexto que ha tomado fuerza de sabiduría popular, si es que la razón no les ha permitido derramar lágrimas. Si el corazón está lleno, al cortar una cebolla se desbordará. De otra forma, la cebolla será la única que llore sus intensos jugos.

Otra anotación importante es acerca de la intensidad de los fuegos. Las llamas de una estufa deben ser perfectas, ni demasiado encendidas ni muy leves, si queremos cocciones adecuadas. Pocas cosas son tan frustrantes como que, por falta de atención, un platillo se nos queme. Para lograr decir “este arroz ya se coció”, hubo mucho cuidado de por medio.

Por último, a la cocina hay que dedicarle tiempo también de práctica si queremos salir de ahí satisfechos. Hasta los platillos más sencillos se tornarán imposibles si los abandonamos demasiado tiempo en el olvido.

A quien le gusta comer bien, también debería gustarle cocinar. Y es que no siempre se tiene la suerte de tener a alguien que nos cocine rico.


*amasar- Trabajar una masa con las manos.

*bolear-Trabajar una masa hasta darle forma redondeada.

*camisar – Untar un molde con mantequilla u otros productos para evitar que la preparación se pegue en la cocción

*bridar– Atar aves, carnes o pescado mediante un cordel (bramante) para evitar que pierdan su forma durante la cocción.

Patología cardíaca

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patología
nombre femenino
 1. Parte de la medicina que estudia los trastornos anatómicos y fisiológicos de los tejidos y los órganos enfermos, así como los síntomas y signos a través de los cuales se manifiestan las enfermedades y las causas que las producen.
2. Enfermedad física o mental que padece una persona. “El médico diagnosticó una patología pulmonar”

Tengo el corazón enfermo. Aunque suene tremendista, no es realmente grave. Algo, si acaso, equiparable a un resfriado. Un malestar incómodo pero temporal. Nada que no se resuelva sin medicamento y únicamente con el paso del tiempo. Algo tan sencillo como dejar que la sístole y la diástole logren naturalmente el ritmo de un vals.

El problema es que sus estornudos me asustan de pronto. No es para menos: que el corazón brinque, no es algo menor. Representa un verdadero sobresalto. Como aquel que provocaría un violento paso de aire simultáneo, de los ventrículos a los aurículas, a más de 100 km/h. Intenso pero inofensivo. Solo síntoma de un signo.

Me es inevitable: no puedo percibir manifestaciones cardíacas sin escandalizarme. Que mi corazón sufra apenas de una febrícula, aunque sea relativa, me produce una angustia extrema. Se me olvida que es solo su sistema inmune defendiéndose de un estímulo externo. Que el que sienta en el pecho más calor de lo acostumbrado solo quiere decir que el corazón se está volviendo más fuerte. Que se mueve. Que está vivo.

En otro momento fue tan silencioso que a veces me preguntaba si en verdad tendría uno de esos órganos dentro de la caja toráxica. Siempre responsabilizado por las decisiones infundadas, el mío casi no daba señales de existir. Ni en un estado de meditación profunda lograba escucharlo. Sus latidos eran mudos.

Y de pronto cambió. Ahora es tan escandaloso que resulta todo un corazón delator. Si se agita, cualquiera puede escuchar su ritmo de lejos y en ocasiones, incluso a mí, me impide dormir en las noches. Y es que los corazones tienen sueños pero también tienen pesadillas.

Ahora mismo sufre de una tos, silenciosa pero trepidante, que hace que en cualquier momento del día me tiemblen los brazos y se me acalambren momentáneamente los dedos de los pies. No es constante pero es tan contundente que es obvio que son solo ganas de llamar la atención, de hacerse notar, de evidenciar su presencia. Un berrinche. Qué se le va a hacer. Tengo un corazón dramático: le gusta la acción.

Se me ha ocurrido que podría ser también que está creciendo (en capacidades, no en tamaño). Los niños crecen después de tener fiebre. No tendría por qué ser distinto con los corazones.

Al final, un corazón que crece es un corazón flexible. Un corazón que se vuelve maduro y cuya naturaleza nunca permitirá que le pongan el calificativo “roto”. Un corazón que asume los cambios como solo eso y no como tragedias.

Un corazón blando, susceptible.

Porque no hay nada más patético que un corazón duro o inmutable. Resulta triste aquel que, obstinado, defiende su anatomía rígida por miedo a cambiar.

Con todo y esta recién descubierta vulnerabilidad, mi corazón no está mal. Si se resfría ocasionalmente es lo de menos. Hay gente que tiene corazones disléxicos, corazones daltónicos, corazones estrechos y hasta corazones de condominio y sobreviven bien así. (¿Podrá haber algo más incómodo que albergar un multifamiliar en el pecho?) El mío es solamente un poquito hipocondríaco y eso está bien.

Dicen que el corazón tiene motivos que la razón no conoce. Por eso, no es necesario someterlo a escrutino, médico o intelectual. Solamente hay que dejarlo ser.