Instrucciones para cocinar

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Seguir recetas es una manera segura de preparar alimentos. Sin embargo, hacerlo desde la intuición mejora los resultados. No se trata de prescindir de una guía general, sino más bien de descubrir el estilo propio.

No hay nada más incómodo que tratar de preparar algo sin dejar de consultar el recetario. El mismo platillo se puede lograr con más soltura y goce. Porque aunque en apariencia el resultado sea el mismo, el sabor delatará el disfrute o la agonía del proceso.

Lo más importante es hacerlo porque queremos. Sí, es un cliché extendido pero cierto: cocinar es un acto de amor.  De la voluntad se derivará el interés y el entendimiento por llevar una receta a buen término.

Para cocinar a gusto es necesario crear la atmósfera propicia. También hay que tener tiempo. A la cocina no se entra con prisas. Menos aún de malas.

La cocina es una amante celosa. Aunque el tiempo que se tiene sea poco, demanda atención exclusiva. Presencia y todos los sentidos alertas.

Con toda la buena disposición con la que contemos, se requiere siempre ablandar el ambiente. Esto se logra con música. Algo movido pero no tan cadencioso que distraiga físicamente. Solamente un ritmo acompasado que nos permita tener el cuerpo dispuesto.

Las tarantelas y las congas resultan idóneas pero habrá quien prefiera una mazurka interpretada por Chopin, por ejemplo. La elección musical dependerá mucho también de la hora del día y el platillo a preparar.

Ya más inmersos en el procedimiento, también nos podremos macerar en alcohol. Una copita de vino, una cerveza. Nada excesivo, ni demasiado alcohólico. Se trata solamente de un aperitivo que acompañe el ritual, invitándonos a probar –porque de esto casi no se habla pero, en la cocina, hay que usar mucho la lengua. Por eso, desde la preparación hay que pensar en el maridaje.

Antes de iniciar, es indispensable lavarse las manos. En la cocina no se usan guantes (no es un consultorio médico) y habrá que despojar frutas y verduras de sus pieles, amasar y bolear mezclas hasta dejarlas en el punto exacto; estrujar distintos ingredientes, camisar recipientes y dependiendo de las habilidades y filias personales, habrá quien incluso se anime a bridar*. Todo eso requiere nuestras palmas y en especial nuestras yemas, perfectamente aseadas.

Si bien los secretos de la cocina no están escritos en ningún lado (no hay algo como un kamasutra gastronómico) sí existen métodos que, de dominarlos, facilitan los procesos. Por ejemplo, la acción de cortar o más específicamente, de picar cualquier alimento.

Quien sabe que se requieren tabla y cuchillos adecuados (en tamaño, tipo y grado de filo respectivamente) y una técnica específica, terminará su tarea gastronómica mucho más rápido y satisfecho. Es tan sencillo como detener el alimento con los nudillos y deslizarlos con el pulgar rápidamente bajo el cuchillo (que se mueve únicamente de arriba abajo a manera de guillotina). Suena complicado, pero es únicamente cuestión de práctica.

Algo que hay que dejar claro, es que las cebollas no hacen llorar. Al cortarlas, los ojos aprovecharán el pretexto que ha tomado fuerza de sabiduría popular, si es que la razón no les ha permitido derramar lágrimas. Si el corazón está lleno, al cortar una cebolla se desbordará. De otra forma, la cebolla será la única que llore sus intensos jugos.

Otra anotación importante es acerca de la intensidad de los fuegos. Las llamas de una estufa deben ser perfectas, ni demasiado encendidas ni muy leves, si queremos cocciones adecuadas. Pocas cosas son tan frustrantes como que, por falta de atención, un platillo se nos queme. Para lograr decir “este arroz ya se coció”, hubo mucho cuidado de por medio.

Por último, a la cocina hay que dedicarle tiempo también de práctica si queremos salir de ahí satisfechos. Hasta los platillos más sencillos se tornarán imposibles si los abandonamos demasiado tiempo en el olvido.

A quien le gusta comer bien, también debería gustarle cocinar. Y es que no siempre se tiene la suerte de tener a alguien que nos cocine rico.


*amasar- Trabajar una masa con las manos.

*bolear-Trabajar una masa hasta darle forma redondeada.

*camisar – Untar un molde con mantequilla u otros productos para evitar que la preparación se pegue en la cocción

*bridar– Atar aves, carnes o pescado mediante un cordel (bramante) para evitar que pierdan su forma durante la cocción.

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Patología cardíaca

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patología
nombre femenino
 1. Parte de la medicina que estudia los trastornos anatómicos y fisiológicos de los tejidos y los órganos enfermos, así como los síntomas y signos a través de los cuales se manifiestan las enfermedades y las causas que las producen.
2. Enfermedad física o mental que padece una persona. “El médico diagnosticó una patología pulmonar”

Tengo el corazón enfermo. Aunque suene tremendista, no es realmente grave. Algo, si acaso, equiparable a un resfriado. Un malestar incómodo pero temporal. Nada que no se resuelva sin medicamento y únicamente con el paso del tiempo. Algo tan sencillo como dejar que la sístole y la diástole logren naturalmente el ritmo de un vals.

El problema es que sus estornudos me asustan de pronto. No es para menos: que el corazón brinque, no es algo menor. Representa un verdadero sobresalto. Como aquel que provocaría un violento paso de aire simultáneo, de los ventrículos a los aurículas, a más de 100 km/h. Intenso pero inofensivo. Solo síntoma de un signo.

Me es inevitable: no puedo percibir manifestaciones cardíacas sin escandalizarme. Que mi corazón sufra apenas de una febrícula, aunque sea relativa, me produce una angustia extrema. Se me olvida que es solo su sistema inmune defendiéndose de un estímulo externo. Que el que sienta en el pecho más calor de lo acostumbrado solo quiere decir que el corazón se está volviendo más fuerte. Que se mueve. Que está vivo.

En otro momento fue tan silencioso que a veces me preguntaba si en verdad tendría uno de esos órganos dentro de la caja toráxica. Siempre responsabilizado por las decisiones infundadas, el mío casi no daba señales de existir. Ni en un estado de meditación profunda lograba escucharlo. Sus latidos eran mudos.

Y de pronto cambió. Ahora es tan escandaloso que resulta todo un corazón delator. Si se agita, cualquiera puede escuchar su ritmo de lejos y en ocasiones, incluso a mí, me impide dormir en las noches. Y es que los corazones tienen sueños pero también tienen pesadillas.

Ahora mismo sufre de una tos, silenciosa pero trepidante, que hace que en cualquier momento del día me tiemblen los brazos y se me acalambren momentáneamente los dedos de los pies. No es constante pero es tan contundente que es obvio que son solo ganas de llamar la atención, de hacerse notar, de evidenciar su presencia. Un berrinche. Qué se le va a hacer. Tengo un corazón dramático: le gusta la acción.

Se me ha ocurrido que podría ser también que está creciendo (en capacidades, no en tamaño). Los niños crecen después de tener fiebre. No tendría por qué ser distinto con los corazones.

Al final, un corazón que crece es un corazón flexible. Un corazón que se vuelve maduro y cuya naturaleza nunca permitirá que le pongan el calificativo “roto”. Un corazón que asume los cambios como solo eso y no como tragedias.

Un corazón blando, susceptible.

Porque no hay nada más patético que un corazón duro o inmutable. Resulta triste aquel que, obstinado, defiende su anatomía rígida por miedo a cambiar.

Con todo y esta recién descubierta vulnerabilidad, mi corazón no está mal. Si se resfría ocasionalmente es lo de menos. Hay gente que tiene corazones disléxicos, corazones daltónicos, corazones estrechos y hasta corazones de condominio y sobreviven bien así. (¿Podrá haber algo más incómodo que albergar un multifamiliar en el pecho?) El mío es solamente un poquito hipocondríaco y eso está bien.

Dicen que el corazón tiene motivos que la razón no conoce. Por eso, no es necesario someterlo a escrutino, médico o intelectual. Solamente hay que dejarlo ser.

El que tenga una sola vida, que la cuide

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(Publicado para La Última y nos vamos, Revista Dónde Ir, Agosto 2009)

Ya una vez se había caído de la ventana, desde el tercer piso de un edificio de los años 30 en la colonia Condesa. Si bien Mio había sido un gato callejero, a juzgar por su estado en el momento de encontrarlo en el estacionamiento de un corporativo de Santa Fe, nunca había sido muy audaz.
Por eso, al regresar de un viaje de tres semanas en el que estuvo mucho tiempo solo y comiendo de más, cuando salió a caminar por la repisa de la ventana, no pudo calcular sus nuevas dimensiones y se fue al vacío. En esa ocasión tuvo la fortuna de que todavía vivíamos en un departamento interior. La ventana de la cocina, desde la que se resbaló, daba al estacionamiento. Por eso no se hizo daño y no se perdió, porque el rebote en el cofre del auto de alguno de los vecinos amortigüó su caída; y porque Agus, el omnipresente portero, vio perfectamente dónde aterrizó y al encontrarnos en la escalera mientras yo bajaba despavorida, me dijo “¡Se cayó su gato!”. El susto aparte, no le pasó nada.
La anécdota real sucedió cuando dejamos de ser dos para vivir en trío.

Abandonamos la colonia de moda, y mi novio, mi gato y yo nos mudamos a la Roma, a un cuarto piso de una construcción todavía más antigua y por lo tanto, de techos más altos. Y como era de esperarse, porque a los gatos no hay cómo hacerlos entrar en razón, un día pasó. Cuando no lo encontramos dentro de la casa, yo no me atreví a bajar por miedo de verlo despedazado sobre la banqueta de la calle de Puebla. Y cuál ha sido nuestra sorpresa cuando reuní el valor de alcanzar a mi novio en la planta baja, que el gato había desaparecido. Nos dividimos para buscarlo.

– “Tú hacia la derecha y sobre Flora, yo me voy hacia la izquierda y reviso Frontera”.
Nos encontramos sobre Avenida Chapultepec, los dos con una mirada entre triste y desconcertada por no entender cómo Mio pudo desvanecerse de esa manera. Al día siguiente salí a pegar carteles con su foto y una leyenda de “ESTOY PERDIDO” en los alrededores, y de pronto caí en cuenta de que lo que hacía resultaba muy absurdo. El gato podría estar en cualquier parte de esta inmensa ciudad.

Los habitantes de la Roma tenemos fama de ser “gateros”. Quizás una de las muchas viejitas que vivían en esas casas art decó de en frente había decidido curarlo y quedárselo. O tal vez alguien vio el momento en el que cayó y se había enamorado de su indefensa belleza, subiéndolo a un coche para llevarlo a convalecer a una enorme casa de Lindavista. Nunca lo encontraríamos.

Lloré 3 días seguidos. Estaba convencida de que mi gato había caído en uno de esos de hoyos negros y que estaba viviendo en otra dimensión o época. Era la única explicación.

A las ocho de la mañana de un domingo sonó el teléfono. Mi novio y yo nos volteamos a ver adormilados y esperanzados; debía ser la llamada que añorábamos. Era el “poli” del edificio de al lado. Mio llevaba tres noches sin dejar dormir a los condóminos del edificio, maullando para que alguien lo regresara a su casa. Estaba bien, sólo un poco espantado y tenía roto un huesito de la pata delantera que, como dijo el veterinario que sucedería, se le soldó solo.

Desde ese episodio, cada que veo un letrero que anuncia que alguien busca su mascota, se me rompe el corazón. Mio ya gastó al menos tres de sus siete vidas, quién sabe cuántas le queden, pero el que tenga una sola vida, que la cuide. Él todavía se puede dar el lujo de perder un par más al menos.

Instrucciones para tender la cama

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Hay algo que resulta molesto en salir de casa sin tender la cama.

Quien lo haya vivido, lo entenderá. No es que la idea se torne persecutoria pero, volver a casa por la tarde o noche a una cama sobre la cual las sábanas están hechas bolas tal como se quedaron por la mañana, resulta muy deprimente.

Regresar en cambio a un dormitorio en donde la ropa de cama está bien extendida y las almohadas esponjadas y debidamente acomodadas, da un sentimiento de seguridad y confort. Si las sábanas además están recién lavadas, la dicha de meterse en ese lecho resulta mucha. Uno de esos a los que llaman “placeres simples de la vida”.

Tender la cama es un hábito sencillo que, los expertos del feng shui aseguran, lleva a mejorar otros hábitos. “Cumplir con esta tarea dará una pequeña sensación de orgullo y te motivará a hacer otra tarea, y otra, y otra”. Para muchos, cumplir con ella también se relaciona con dormir mejor.

Hay quien asegura que no hacerlo es lo mejor para matar ácaros. Sin embargo, no se trata únicamente de dejarla sin acomodar. La idea es que el colchón se ventile, para lo cual lo mejor sería hacer como los japoneses: quitar toda la ropa de cama y dejar descubierto el futón, que se puede doblar a manera de sillón o bien, guardarlo en un armario para dejar el espacio libre. Nuestras camas, tristemente, tienen un concepto tan rígido y unifuncional, que eso no es una opción. Las camas occidentales van fijas en un lugar y vestidas todo el tiempo.

Algunas están coronadas con varios cojines de distintos tamaños. Otras llevan incluso faldas a las que se les llama rodapié o cubresommier. Las más modernas usan solamente un duvet cubierto de una funda y un par de almohadas. Todo depende del gusto –y refleja mucho de la idiosincracia– del o los usuarios de la cama. Entre menos elementos se usen para cubrir un colchón, más sencillo será arreglarlo.

Para hacer la cama de forma adecuada, hay que empezar por quitar todas las sábanas, colcha y almohadas de encima. Si hay un protector de colchón –lo cual es siempre recomendable–, también hay que retirarlo y el mismo se puede utilizar para azotar con él toda la superficie de la cama. Si la luz de la mañana está entrando por la ventana de la recámara, alcanzaremos a ver brillando en el aire miles de partículas. Aunque resulta un espectáculo cuasi romántico que se podría aprovechar para recordar los momentos felices vividos sobre esa cama, no es más que el polvo que generan nuestras células muertas desintegrándose. La habitación debe estar bien ventilada al hacer esta operación.

Hay que volver a colocar el cubrecolchón, después la sábana de cajón. Esas no permiten variaciones. Es en la sábana encimera en la que se puede optar por dejarla libre o atrapar sus esquinas entre la base de la cama y el colchón. Una vez más, esto hablará mucho del carácter de quien duerme en la cama. En temas puramente estéticos, colocar la sábana plana con el costado estampado hacia abajo proporciona una cama más bonita que permite que ambos lados de las sábanas impresas se vean cuando la cama se abre para entrar.

La dimensión de las sábanas y la colcha tendrá mucho que ver con el resultado que podremos lograr y el esfuerzo que hay que poner en esta tarea es directamente proporcional a la misma. La ropa de cama más grande, la de las camas king size, resulta todo un reto que generalmente habrá que enfrentar entre dos. *

Por último, hay que extender muy bien la colcha y tener cuidado de que ésta cuelgue la misma cantidad de centímetros de un lado que del otro. Si no logramos una apariencia compuesta, de nada servirá que se hayan cumplido todos los pasos anteriores. Las almohadas van debajo de la colcha o por encima de la misma, según se prefiera, pero siempre esponjadas y bien colocadas.

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*Se dice que lo amplio de este formato trae también complicaciones maritales. Parecía mentira, pero psicólogos y médicos han llegado a la misma conclusión: el tamaño sí importa. Así como una cama demasiado chica no resultará incitante para el descanso, la distancia física que propicia una cama grande puede derivar en distancia emocional. Los espacios vacíos, además, tienden a ser llenados por almohadas, mascotas o niños, todos ellos enemigos de la cercanía de pareja.

Esto no es una salida

img_3156.jpgHe who makes a beast of himself gets rid of the pain of being a man.

Samuel L. Johnson

 

El avión aterrizó poco antes del amanecer. En medio de la oscuridad y desde lo alto, la ciudad se veía ardiente como lava saliendo de un volcán, casi radioactiva. Un punto incandescente a la mitad del desierto. Eso fue lo primero que me perturbó.

Se hizo de día mientras recogía mi equipaje y pasaba migración. El agente que atendía la ventanilla donde me tocó turno fue muy amable a pesar de que le confesé los pocos dólares que traía. Incluso, al decirle que estaba ahí para una despedida de soltero, me recomendó un club nocturno que aseguró tenía buen ambiente y no estaba tan caro.

Al salir a las calles, la ciudad parecía más aburrida que un suburbio de Carolina del Norte. Sin embargo, la magnitud de las construcciones que se veían a la distancia dejaba claro que en esa ciudad pasaban muchas cosas, nada más que sucedían de manera privada, cerrada, sin testigos. Igual que los procesos mentales más aterradores.

Como el peor de los clichés, con el taxista hablé sobre el clima y al comentarle que me parecía debía ser inclemente en otras épocas del año, me aseguró que no era tan extremoso ni se sufría tanto. Después entendí que en ese lugar pasan cosas más terribles que heladas o sequías y que no les suceden a la gente que vive ahí, sino a sus visitantes.

Los habitantes de esta ciudad son gente pragmática, que van por un trabajo seguro y bien pagado, por una calidad de vida relativamente aceptable y que cuando quieren vivir en verdad se van a sus lugares de origen. La vida aquí no es vida. La vida aquí es dinero. Lo bueno es que yo solo iba por dos días.

El hotel era una nueva versión de uno que fue legendario, en donde alguna vez tocaron Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. y que ahora tenía un lobby vacío, un casino que nadie visitaba, un bar cuyos muros estaban cubiertos con retratos de primates vestidos elegantemente y varios restaurantes de distintas especialidades. Como una broma de ironía muy fina, un letrero que emulaba una marquesina de cine ochentera decía Make yourself at home.

El pasillo que conducía a los elevadores estaba recubierto de una alfombra a rayas blancas y negras en zig zag y los muros de espejos reflejaban una especie de candelabro moderno hecho a base de focos largos de los cuales solo algunos estaban encendidos. La luz que proyectaban parecía dibujar una gran botella que se replicaba en el reflejo frontal sobre unas puertas también de espejo que tenían letras en vinil en donde se leía Do not enter.

Todavía no tenía claro quién habría creado una escena semejante. Era como escenografía de película de Kubrick pero tenía guiños de novela de Bret Easton Ellis y el sentimiento era definitivamente “Lynchesco”.  Sí, era todo eso pero todavía no me podía imaginar lo sui generis que resultaría el episodio en el desierto.

Mi habitación estaba en el piso 27. Al subir me di cuenta que era el último nivel de la torre y lo único que me tranquilizó fue pensar que en este lugar no había terremotos. Igual, estar ahí no ayudaba a mi acrofobia. Por suerte la puerta de mi habitación era la segunda sobre el pasillo. De haber estado más al fondo me hubiera empezado a acechar también la claustrofobia. Lo bueno es que lo estaba haciendo todo consciente y lo estaba controlando.

Traté de dormir un poco para reponerme de ese vuelo red-eye que había salido tan barato pero solamente di vueltas sobre el colchón por más de tres horas sin poder relajarme. La cama era la típica de los hoteles más lujosos, con almohadas y cubrecolchones tan increíblemente mullidos que las vuelven cómodas a un grado intimidante y no se dejan disfrutar igual que la propia.

Esas camas se definen ajenas también porque no tendremos suficiente tiempo para hacernos a ellas. Uno nunca va a esos hoteles a dormir.

Sobre los muros laterales de la habitación había dos enormes espejos que cubrían gran parte de los mismos. Los marcos se encendían con unas tiras de LEDS que reflejaban el espacio de manera infinita e hipnotizante. Cuando los vi me acordé que ese era un viaje que me encantaba hacer de niño: internarme y perderme en los reflejos encontrados.

Me levanté de la cama, entré al cuarto de baño –que era tan absolutamente blanco que deslumbraba–, me cambié de ropa y bajé a la alberca. Ya era casi medio día. La piscina rectangular estaba rodeada de cabanas que emulaban las de las playas de los años veinte (cubiertas por una tela a rayas verticales, rojas y blancas) y era vigilada por un pato plateado gigante como aquellos de hule con los que los niños pequeños juegan en la tina. En la última tienda de la izquierda encontré a mis amigos, que ya estaban con la primera ronda de Stella Artois en latas de casi medio litro cada una.

Nadie sabía en dónde estaba Samuel. Había desaparecido con un ligue la noche anterior y aunque eso no era algo nuevo en él y todavía era temprano, todos estaban pendientes de que respondiera al Whatsapp, en donde aparecía sin actividad desde hacía muchas horas. Después de unas botanas y de tres rondas de cerveza apareció Cirrus con un tipo que yo no tenía idea quién era.

Cirrus era amigo de Carlos (mi amigo al que le despedíamos de la soltería)  y yo solo lo conocía de oídas. Siempre tuve ganas conocerlo porque sonaba como un tipo divertido. Además era lector asiduo de mi columna y por eso sabía que yo también le agradaba. El otro tipo resultó ser “un amigo” (así lo dijo él) que lo acompañaba aunque se conocían de hacía poco tiempo y no conocía a nadie más de nuestro grupo. Se llamaba Federico.

Sacaron dos churros que habían comprado en el dispensario que estaba cruzando la calle y nos pusimos a fumarlos mientras hablábamos medio metidos en la alberca porque el agua estaba muy fría. A pesar del ligero destemple, preferíamos estar ahí que en la cabana. Allá Carlos estaba carcomiéndose con la idea del compromiso y la fidelidad “para siempre” que estaba por firmar ante el Registro Civil y Arturo estaba entre narrando un partido de fútbol americano y malviajando a quien se dejara con la idea de que a Samuel lo habían secuestrado, asaltado y matado y estaría tirado en algún hotel de mala muerte de la zona antigua de la ciudad.

Con la yerba y las cervezas anteriores, la charla con Cirrus se tornó intensa y empezamos una necia discusión sobre filosofía renacentista. Él estaba con Maquiavelo que dice que el hombre es malo por naturaleza y yo con Rousseau, que culpa a la sociedad por empeñarse en corromper nuestra bondad inherente. Federico se fue de ahí diciendo que todas esas fantocheces que escupíamos le habían antojado una siesta y desapareció de nuestra vista después de pasar el “patito” de hule gigante.

Cuando Federico estuvo lejos, Cirrus empezó a hablarme de lo mal que estaba su matrimonio y a insinuar que Federico era algo más que un amigo. Yo escuché sus conflictos sobre orientación sexual con genuino interés y le di un consejo que ya no recuerdo cuál fue pero que iba con mis mejores intenciones. Al final, aunque casi no lo conocía, el tipo me caía bien.

Fue entonces cuando sentí cómo su mano empezó a acariciar mi muslo e iba subiendo peligrosamente rápido sobre el mismo. Con un movimiento brusco pero no violento y una risa nerviosa le quité la mano de sobre mi pierna y le pregunté: “¿Estás bien?”, a lo que me respondió: “Pensé que quizás podría ir a tu cuarto y que por fin cogería con alguien a quien admiro”.

No puedo decir que no me sentí halagado y así se lo hice saber pero eso definitivamente no estaba entre mis planes de diversión de despedida de soltero. Le dije que que no me parecía buena idea y me disculpé argumentando que debía ir a ver qué pasaba con el amigo perdido. Ya eran casi las seis de la tarde y llevaba todo el día desaparecido.

Encontré a Samuel dentro de la cabana retro con los demás, que estaban ya bastante borrachos y discutiendo sobre la cuenta. Dejé lo que me correspondía, quedamos en la hora en que nos veríamos en el lobby y subí los veintisiete pisos hasta mi cuarto a tratar de descansar un poco pero una vez más, no pude dormir. La energía de ese lugar me alteraba mucho. Estar tan alto, tan encerrado y tan solo tampoco ayudaba nada. Además no había traído mi Rivotril.

Agarré el celular y le escribí a Paula. Ella ya había estado aquí un par de veces antes y me había dicho que era un lugar kitsch y burdo sin demasiado chiste pero no me había advertido del malviaje energético que causaba:

– “¿Por qué no me dijiste que esto estaba tan cabrón?”, le puse en nuestro chat de Whatsapp.

– “Jajaja“, río textualmente. “No quise predisponerte“.

– “Es en serio, Paula. Esto es demasiado“, escribí a manera de grito de auxilio.

– “Excédete solo por hoy”, me contestó, sabiendo exactamente a lo que me refería y qué palabras me calmarían hasta que pudiera tomar el vuelo de regreso. El “solo por hoy” me alejaría del sentimiento de no poder parar, de la sensación de peligro de ser chupado por el hoyo negro de la perdición que sugería este lugar.

Me metí a bañar y usé mi propio jabón y shampoo; guardé los amenities en mi maleta para Paula. Le encantan esas joterías y no iba a tener tiempo de comprarle algo. Bajé media hora antes de la cita y un gorila con corbata me miraba desde un cuadro del bar contiguo. A los pocos minutos apareció Samuel que me empezó a contar de su aventura de las horas anteriores mientras nos fumábamos unos Lucky Strike. Se la había pasado bien pero había perdido su American Express.

Bajaron los demás y salimos a buscar la limosina que rentaron para que nos transportara a todos al club. Esperamos un par de minutos bajo una tubo de neón rosa ondulante hasta que llegó nuestro auto. Por cuestiones que no pudimos calcular, Cirrus quedó junto a mí en el asiento corrido que estaba de espaldas al chofer y el viaje de siete minutos fue un tanto incómodo por la tensión.

Tan bien que me había caído al principio. Yo hubiera querido seguir hablando con él pero estaba claramente avergonzado. Los demás, ajenos al asunto, se divertían revisando la barra de la que no consumirían nada y jugando con la música y con las lucecitas que se prendían en el techo del vehículo a manera de estrellas de colores. Por la ventana, entre construcciones colosales y un mar de luces, alcancé a ver el león dorado más grande que haya visto en mi vida.

Nos bajamos y cuando entramos al antro, mientras descendíamoms por un elevador transparente rodeado de una cascada de cristales de Swarovski,  Carlos me dio un papelito y me dijo “Trágatelo”.  Yo nunca había consumido LSD y no me parecía una buena idea hacerlo por primera vez en este lugar. Pero no podía ser tan gazmoño, ¿a qué había ido entonces a este viaje que yo no hubiera hecho de otra forma? Me lo tragué y entramos.

Era un club subterráneo, enorme y muy ruidoso, como un Baby O’ gigantesco. A los pocos minutos de llegar perdí a todos los demás. La cantidad de gente que había ahí dentro era por demás abrumadora y tuve que hacer un esfuerzo enorme por controlar mi fobia a las multitudes. La música sonaba demasiado alto y nunca había escuchado ninguna de esas canciones. Recargado contra una barra sobre la cual colgaba una instalación de cientos de estalactitas de cristal (también Swarowski) me concentraba en no dejar que lo agitado del ambiente me alterara cuando empecé a ver los colores de manera más intensa.

Empezaba a disfrutar que los rayos de luz que salían de todas partes (reflectores, bolas disco, cristales suspendidos) se convertían en distintos seres psicodélicos luminiscentes de apariencia artrópoda que chocaban entre ellos convirtiéndose finalmente en algo que parecían casi animales mitológicos y que el sonido era una onda que fluía por el espacio y chocaba contra las paredes sin poder escapar, cuando me di cuenta que mi corazón latía demasiado rápido. El malviaje de la taquicardia me hizo sentir un calor extremo y por eso trataba concentrarme en mi respiración mientras veía al piso. La alfombra sesentera del lugar se había convertido en un tapete de organismos unicelulares que vibraban como gelatina: parecía que estaba parado sobre amibas, bacilos y estafilococos de distintos colores que trataban de permanecer unidos entre sí por algo similar al citoplasma pero la vibración del ambiente amenazaba con romper su cohesión.

Tenía que salir de ahí.

Empecé a caminar rápidamente hacia donde recordaba estaba el elevador transparente cuando entre la multitud surgió una chica que era como una versión de Kate Moss en los noventa (alta, delgadísima, con el pelo restirado y un atuendo minimalista y obscuro, algo que habría diseñado Armani) y me preguntó:

– Would you like to see something unique? 

Definitivamente quería. Sonó tan intrigante que me iría de ahí después de ver lo que esta chica tenía que mostrarme. Me guió hacia una puerta que tenía un letrero que decía This is not an exit. Pasando la misma se descubrió un salón obscuro y silencioso amueblado solo por un escritorio y un sillón antiguo e iluminado únicamente por una pequeña lámpara de mesa que emitía una luz muy tenue. Ahí estaban otras dos chicas parecidísimas a la primera, una llevando el registro de visitantes y otra parada en silencio, a manera de escolta o guarda. Sus ropas eran idénticas, como un uniforme prêt-àporter. A mí sí me iban a secuestrar, a matar y a traficar con mis órganos y nadie se iba a enterar. Nadie me había visto entrar ahí.

Al firmar el libro me di cuenta que no podía escribir mi nombre. Las letras que imprimía sobre el papel bailaban haciendo combinaciones en las que se juntaban las consonantes como en vocablos checos. Volteé a ver a las chicas y todos sus rostros se distorsionaban de manera idéntica y sincronizada. Sus rasgos de por sí discretos se desdibujaban lentamente. La que me llevó hasta ahí, me guió a un salón que era tan recóndito que ya se sentía como una catacumba del club nocturno. La puerta que conducía a la misma tenía un letrero donde se podía leer Authorized personnel only.

Ese espacio estaba indudablemente diseñado por un fanático de 2001, a Space Odyssey. El piso estaba recubierto de madera oscura, el techo se levantaba a varios metros de altura y los muros eran totalmente blancos. Del lado izquierdo había una escalinata con peldaños negros de formas ondulantes que conducían a una especie de cueva iluminada por una luz rosa tenue. Fui invitado a subir y entrar. Tuve miedo de que al hacerlo, me perdería en otra dimensión.

Al entrar ahí vi que esa primera gruta tenía otra pequeña adentro. La luz rosada que invadía la primera estancia me colmó de un sentimiento de bienestar absoluto pero el mismo duró solo unos segundos hasta que se cambió a un naranja que me empezó a quemar. Esto me obligó a pasar de inmediato a la otra caverna en donde todo era azul y frío.

Empecé a tiritar y a desear que todo se tornara morado para ver si así subía un poco la temperatura. El silencio era ensordecedor. Cuando sentí que no podía estar más ahí me di cuenta que conmigo había alguien más, pero no era otra persona. La mejor forma que encuentro de explicarlo es que se sentía como una presencia del mal. Ésta se acercó a mi oído y me susurró: “El mundo fue creado para tu beneficio”.

Me giré bruscamente para huir de esa sentencia cuando al fondo de ese infame socavón disfrazado de instalación artística, vi otra puerta en la que había un letrero en donde se leía Emergency exit. Consideré prudente correr hacia ella.

Es peligroso escribir de madrugada

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Collage de Graciela María González

Era poco más que una lista. Una sucesión de palabras aisladas que describían algunos deseos inocentes. Aspiraciones que parecían prácticamente imposibles. Vaya, tonterías casi tan vulgares como propósitos de año nuevo. Eran solamente ideas que necesitaban salir de la imaginación, tomar otra forma que no fuera únicamente la de una ilusión. Frases cortas casi sin sentido que hubo que depositar en algún lado para dar lugar a otros pensamientos.

Colocarlas en un escrito impropio que ni siquiera superaba la calidad de borrador parecía bastante inofensivo. No era como si hubiesen sido impresas en papel con tinta; ni siquiera ocupaban una dimensión real. Vaya, la fuerza que se usó para escribirlas no fue ni remotamente comparable con la que se requiere al oprimir las teclas de una máquina de escribir, en donde hay que colocar de manera precisa los dedos y ejercer una fuerza constante y consciente.

No. Hacerlo no requirió casi energía vital. Tampoco recursos consumibles. Todo lo que se necesitó fue deslizar las yemas con un mínimo de presión sobre algunos caracteres del teclado para que se representara en pixeles lo que antes solo había existido en idea. Pero eso fue suficiente. Una vez que las palabras definieron los conceptos, ya no hubo marcha atrás.


Escribir es peligroso y lo es más hacerlo de madrugada. La oscuridad conlleva el riesgo de reflejarse en pesimismo y el amanecer puede hacer que lo que fue narrado en penumbras resulte demasiado sombrío. Observar lo escrito cuando hay claridad también implica dejar al descubierto hilos, revelar tramas, exponer motivos. Si se escribe de madrugada, es obligación editar a la luz del día.

Es peligroso escribir de madrugada porque, a esas horas, las palabras son más propensas a convertirse en historias y justamente eso fue lo que pasó. El problema con las historias es que toman vida propia. Y como todas las de su especie, ésta también cobró realidad. Lo más común es que ocurra por el solo hecho de elaborar un escrito pero también puede pasar como consecuencia de borrarlo. Por eso cuando, al quitar los renglones, lo que antes decía ahí empezó a suceder, fue evidente que no era tan sencillo pretender que eso nunca hubiese sido relatado.

Las leyes metafísicas de la narrativa son mucho más complejas de lo que se podría intuir y eliminar caracteres arrojó consecuencias irreversibles. Las palabras son gratis, cómo las utilizamos define su costo. Cuando las manejan orgullos y pasiones, se tornan cuchillas filosas. Son más delicadas que recursos no renovables: una vez utilizadas no se pueden ignorar ni desperdiciar. Si ya fueron redactadas en un acomodo narrativo, no se conformarán con desaparecer. Aquello que contaron buscará la manera de imponerse.

Entonces fue evidente que jugar con ellas era una mejor alternativa a borrarlas.

Desechar palabras equivale a una eutanasia no pedida, genera fantasmas persecutorios. Por eso el mejor recurso fue algo que se compara con suministrar opioides: modificar su sentido. Adjetivar resultó muy útil para transformar la realidad creada de manera irresponsable. A una historia en específico que fue condenada a continuar por una estructura sintáctica absolutista, rígida y raquítica, se le pudo al menos modular la velocidad gracias a la anexión del adverbio de modo lentamente. Cuando se vio que la imposición de esa velocidad volvía la historia no solo desganada sino también desquiciante, se optó por separar la palabra en sufijo flexivo y sufijo simple. Con la flexión de género del adjetivo placentero, la sintaxis se transformó en algo mucho más llevadero como lo es lenta y placenteramente.

También resultó válido cambiar todo de lugar. Crear retruécanos. Válido lugar resultó cambiar de todo también. Seguro en demasía fue, como recurso, el hipérbaton… pero con las hipérboles sí que hubo que tener sumo cuidado. Describir un corazón tan henchido que no cabe en el pecho, por ejemplo, sería un seguro augurio de final trágico.

Utilizar lo que ya está escrito para hacer una metáfora es tentador y como con cualquier tentación hay que andarse con precaución, porque las tentaciones son tan combustibles como llamas del infierno. Convertir una frase sentenciosa en una interrogación retórica resultó una salida airosa. Cuestionar “¿Por qué este inquieto y abrasador deseo?”, en lugar de condenarlo, logró dotar ese intenso anhelo de rutas de escape. Usar la ironía agregando algunas frases hechas como “no quisiera sonar excesivo” colmó de dignidad expresiones absurdamente dramáticas y rastreras.

No solo hay que poner atención en evitar la escritura irresponsable; también hay que tener cuidado con lo que se lee. Pasar los ojos sobre las palabras deja huellas indelebles en el nervio óptico y generan ideas que nos determinan hasta que leemos algo que nos impresiona aún más. Es imprescindible saber quién (y de ser posible, también con qué intención) escribió algo antes de leerlo.


Las historias se crean casi siempre de manera inconsciente pero sobreviven porque se les alimenta. Les damos de comer de manera despreocupada, cuando el desarrollo es placentero. Y cuando la trama deja de agradar, lo natural (y un tanto sádico) es retener lo que lo nutre. Sin embargo esa solución no es recomendable: eso solo vuelve todo sufridor y casi agónico. Una historia que se mata de inanición se mete en los sueños y los vuelve pesadillas en las que vemos salir gusanos del propio cuerpo, en las que perdemos dientes o donde corremos a un lugar al que nunca llegamos.

Hay historias que llegan a un punto en el que ya no se sabe qué hacer con ellas. A esas hay que dejarlas fluir. No hay que empeñarse en finalizarlas de manera forzosa porque eso solo las tornará despiadadas. No es rebeldía gratuita, hay que ponerse un poco en su lugar; cualquiera lucharía por su subsistencia.

Ignorarlas tampoco es recomendable. Eventualmente habrá que ver qué se hace con ellas y tratar con historias resentidas hace la vida pesada. Si una historia se torna demasiado compleja, hay que tratar de desenmarañarla sin romperla. Es difícil pero no imposible. Lo que hay que tener claro es que eso las puede volver tan simples que nos maten de aburrimiento o bien, el proceso nos puede enloquecer. Esos son precisamente los riesgos de involucrarse con las historias.

Con todo el cuidado que pongamos, siempre existe la posibilidad de que algunas se nos mueran, generalmente por decepción. A esas se les podría incinerar, si estuvieran escritas en papel pero como ya nadie escribe en papel, no se puede hacer mucho más que tratar de llevarlas a un digno fin. A esas sí, no hay que tratar de reescribirlas, nunca. Menos aún de madrugada.

Nombre es destino

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Existí como indocumentada en mi propio país casi hasta el año de edad: mis padres tardaron varios (muchos) meses en llevarme a presentar ante el Registro Civil. No fue mala voluntad, era solo que no encontraban el nombre ideal para mí.

Hay que reconocerles que pusieron tiempo y empeño en dicha tarea. Buscaron las referencias más originales y emotivas, revisando todas las opciones: desde un clásico y elegante María (a secas) hasta un exótico Irasema (en honor a una actriz de origen polaco-brasileño que triunfó en Italia, España y México) pasando por un sofisticadísimo Selma, como homenaje a la primer mujer acreedora al Premio Nobel de Literatura, la escritora sueca de apellido Lagerlöf.

De lo anterior tengo varias pruebas escritas, mismas que conforman una colección de postales que mis padres me enviaron desde varias ciudades europeas. Cada una tiene un nombre de destinataria distinto, que pretendían ser ensayos de cómo sonaría llamarme así. En la primera postal que recibí en mi vida, me llamaron Isadora (en honor a la bailarina que inventó la danza moderna y que murió en un trágico pero glamoroso accidente).

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Tengo que confesar que también pensaron en ponerme Venezia, con z, y que celebro muchísimo no lo hayan hecho así. A pesar de la corrección ortográfica en el idioma original, la “z” no es una letra que tenga cabida en las buenas costumbres de denominación mexicana.

Terminaron por llamarme Adriana en referencia a aquel mar largo y estrecho, atrapado entre Italia y la Península Balcánica, que encandiló a mi madre cuando lo conoció estando embarazada de mí.

Me pusieron también un segundo nombre, Angélica, mismo que siempre he repudiado por sentir que no tiene nada que ver conmigo y que todas y cada una de las veces, vuelve más engorroso aún el llenado de formas y documentos oficiales. Otra vez, lo hicieron con la mejor intención: sería “optativo”, en caso de que el primero no me gustara. Como una gran ironía de la vida, ha sido el de repuesto el que siempre me resultó superfluo.

Terminé teniendo nombre telenovelero. Compuesto y con demasiadas “a’s”. Nombre de mar y de cosa celestial. Tanto en el mar como en el cielo hay estrellas, por eso me gusta imaginar que mi nombre completo se traduciría en algo así como “estrella fugaz”.

Crecí lamentando que no me hubieran llamado Alicia, como mi madre. Ese honor lo ganó mi hermana mayor, por el simple hecho de haber nacido 18 meses antes que yo. A mi parecer infantil y romántico, ése era el nombre perfecto. No solo era dulce y corto: también era muy original.

Nunca me topé con ninguna Alicia en la escuela, pero sí había un par de Adrianas. Mi único consuelo era que no me hubieran puesto Alejandra. No es que tenga nada contra ese nombre, pero en mi generación había tantas que era imposible referirse a una de ellas sin mencionar también su apellido, lo cual me parecía muy poco personal y bastante frío.

Ya en la adolescencia agradecí no llamarme como mi madre. Le di mucho valor a tener algo que fuera solo mío. Cada vez me fue gustando más mi nombre, aunque de todos modos desde los trece años llevo un mote que llegó a ser más famoso que los sustantivos propios que aparecen en todas mis identificaciones. Dada. O Dadá. Un apodo de origen infantil pero con una alusión artística transgresora que lo hace interesante a quien conoce la referencia.

Cada vez es menos la gente que me llama así y últimamente me han dado ganas de inventarme un nombre nuevo pero si, como decían los romanos, “nomen est omen” (“nombre es destino”)… ¿quién soy yo para cambiarlo? Para no correr riesgos tendría que seguir la Nomina Romana que, por ser mujer, me excluiría de la tria nomina  y me dejaría en algo así como Jesusa Minor (el nombre de mi padre en versión femenina, minor por haber sido la segunda). En caso de hacerlo, quizás me tomaría la licencia interpretativa de cambiarlo por Emmanuelle (otra forma de Jesusa) Minor.

Los personajes con nombres de bailarinas, actrices y escritoras se quedaron en las postales, sin coreografía, progresión dramática o historia. Por eso, según los romanos, mi destino podría tener dos vertientes: el de un pedazo que despidió un cometa y que brilla solo de manera momentánea (y con pocos testigos) o bien, el de una protagonista de telenovela, con un perfil tan memorable o tan infame como el rating que su ficción le permitió alcanzar.

Lo bueno de todo esto es que estamos en el Siglo XXI y que no somos romanos.